Antonio Morales Riveira
Opinión de Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa “El café Picante” en Youtube.

Versión antojadiza del código de Nemequeme

A propósito de los tiempos de cambio que se viven, veamos un repaso al código que regulaba la sociedad chibcha.

 
Muiscas
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Durante los años que los españoles llamarían 1480, cuando aún el genovés no había fletado sus matones y criminales para hacerse a la mar en busca de “las Indias”, grandes convulsiones ocurrían en las tierras de los muiscas.

Las fronteras, que habían sido tejidas largamente por las anteriores confrontaciones, por la geografía misma, los climas, los cultivos y las decisiones de los que mandaban, ya no servían de talanquera ni de norma.

Los límites y las cercas que Shaquén el gran dios de la topografía había señalado, ya no se respetaban. Los pueblos y los guerreros se paseaban de uno a otro territorio, invadían, y parecía que los días hubieran quedado bajo los designios de Huitaca, el dios de las pendencias y los tropeles que junto con el demonio Guahaioque había logrado sembrar la ambición, palanca que movía las rocas y hacía inestables todos los terrenos.

Los odios habrían de prolongarse. A la muerte de Saguanmachica, Nemequene, el “hueso de jaguar” asumió el zipasgo de Bacatá. Basado en la observación y la introspección de la enorme fuerza, la voluntad pero también la elástica musculatura del felino, el nuevo zipa se dedicó a precisar las normas que deberían regir el devenir de los muiscas y consolidar la sociedad.

Durante los zocanes de Nemequene que habrían de durar hasta el año 1514 de los españoles cuando estos ya habían llegado con su egotismo a las costas del Caribe, una nueva legislación se habría de imponer en las tierras de la turma y el frailejón.

Nemequene había dedicado buena parte de su juventud a observar los usos y las conductas de las gentes, pero también al estudio de los ritmos de la naturaleza, desde los astros hasta el último grano de arena del río, de tal modo que la síntesis de sus observaciones lo iba obligando a definir estructuras comunes de los hechos, de las costumbres, de los ciclos.

Todo ello se sedimentaba en su mente para poner en orden las usanzas de la civilización y normativizar causas y efectos, de tal modo que las gentes, los muiscas, tuvieran un reflejo de sí mismos y una norma que los condujera por los caminos del símbolo hacia la realidad práctica de la ley.

Como era la vida misma la que importaba más que el símbolo, el código de Nemequene elaborado en las discusiones y en las consultas con las gentes de los poblados y las labranzas, pretendía el predominio de la existencia colectiva sobre las ansias de los individuos y aun sobre los designios voluntaristas del clan.

Aunque nadie era consustancialmente malo, todo el mundo podía ser cruel. Los sentidos y observar en ellos como se manifestaban, deberían conducir a la conciencia. La cultura que se había desarrollado de la mano del pensamiento espiritual, habría de ser esa amalgama de lo físico, de lo asible, con todo lo que estaba más allá de los propios sentidos y que constituía para los muiscas el universo de lo oculto.

Desde los sentidos se hacía visible lo escondido y los preceptos tendrían que ser, entonces, apenas una verificación de lo sentido. Observar, hacer memoria, mezclar, deducir y sentir para consolidar la norma, tal era el trabajo de pensamiento de Nemequene.

La lógica de la justicia de los muiscas tendría entonces que ser mitológica y en armonía con las emociones y no solo con los deberes, porque la emocionalidad misma entre los muiscas hacía parte del deber, del quererse como pueblo dentro del Estado. Los códigos y en ellos la justicia, eran para Nemequene más una explicación que una norma inquebrantable. Había que ordenar respetando el desorden, dejar que la asimetría de la naturaleza y de los chibchas en ella, se expresara. Así fuera necesario no pocas veces elevar al canon de drásticas leyes, determinadas prohibiciones.

Nemequene había descifrado los entretelones de la ética silvestre del mito, las relaciones de la vida común con lo perentorio, juicios subjetivos y objetivos que debían volverse prácticas, más que creencias, conocimientos asumidos y compartidos, en lugar de leyes. De ese modo, Nemequene habría de expresar las normas a través de narraciones, sabiendo que lo contado lleva dentro de sí la posibilidad de transformarse en cada acto, en cada comunicación de boca a boca.

Narraciones y tradiciones orales colectivas en lugar de dogmas escritos, tal era el deseo de Nemequene cuando contó para la posteridad en el estilo amable de las sentencias, los derechos y deberes de la nación chibcha, historias que hoy transitan en las palabras nuevas y al hacerlo, prevalecen…

Vivimos tiempos de cambio. Nada mejor que la memoria, que el inconsciente colectivo para avanzar. Transcribo, con total libertad de interpretación y redacción, algunos apartes del Código de Nemequene…

  • Así como Chiminigagua ha dado la vida y así como el agua se vuelve nube cuando el sol la toca, ninguna gente puede hacer llover ni cambiar los ciclos de la vida. Quien haga llover la muerte sobre otro será tocado por las flechas de Shaquén y el viento de la muerte también lo llevará. Ni aun perdonado por los parientes, quien toma la vida será perdonado. Así volverá el equilibrio y el muerto será compensado.
  • Si el maíz da sus mazorcas a todos y todos tienen de él, quien quite a otro sus bienes, que son de todos, se robará a sí mismo. Quien roba no ve por los demás y entonces no merece ver. Que sus ojos sean quemados y se extingan y que la ceguera le impida desear lo ajeno. Y que así, sin vista, solo pueda mirar hacia adentro donde nada es robable.
  • El que robe, será llevado de espaldas frente a su cacique y será obligado a mirarlo. Quien ha visto al cacique ha roto la ley de lo oculto y ya no podrá casarse, ni ser ayudado en las labranzas y nadie lo tratará ni le hablará.
  • Purgará su vicio en la soledad y el aislamiento. Si la mujer muere al lado del agua al parir un nuevo ser, siendo ella la mitad de la casa y de sus bienes, así también la mitad de lo habido le sea dada a los suegros, hermanos o parientes cercanos. Que el marido que ya no tiene mujer ni nuevo hijo, entregue los bienes que de ellos eran. Así, antes de que sea tarde, se ocupará de cuidar y proteger a la mujer que lleva un hijo.
  • Los caciques, jeques y uzaques que infrinjan las leyes, sufrirán la gran ignominia de ver sus mantas desgarradas y sus cabellos cortados.
  • Todo muisca tiene derecho a ser dueño de sus tierras y heredarlas a sus descendientes.
  • Los objetos de metal que son propios de cada persona, a su muerte serán enterrados con ella. No habrá riqueza acumulada porque todo es de todos.
  • Todos los campos, bosques, lagos y ríos y lo que en ellos hay, son del pueblo como lo es el sol y el aire.
  • La higiene, el ayuno y la abstinencia, el uso de las plantas medicinales, los baños en aguas de manantiales y los juegos físicos, son obligatorios.
  • Las enfermedades no pueden ser nunca consideradas como cosa de individuos. Son los clanes quienes se enferman y son ellos los que deben ser sanados.
  • Quien tale el monte sin necesidad deberá sembrar cien veces más.
  • Los locos son los mensajeros del espacio y las estrellas. Como tal deben ser tenidos y escuchados.
  • La coca, el yopo, la chicha, el guarapo, el cacao sabanero y los fiques, comunican con todos los mundos de arriba y abajo. Sin ellos no se entiende el mundo.
  • La familia del bohío es tan solo un eslabón de la comunidad. La base de la vida en común es el gran clan del cercado o de la aldea.
  • Todo muisca está obligado a contribuir a la defensa y al gobierno. Los tributos para el sostenimiento del Zipa, los güechas, sacerdotes, inválidos y ancianos, se harán en mantas y serán registrados en los quipus.

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