Opinión

Andrés Piñeros Latorre

Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con trayectoria en El Espectador, Radio Melodía, Colprensa, el diario La República y El Periódico de Bogotá.

Bogotá, el reto de equilibrar agua y cemento

Según cuentan los historiadores que acompañaron a los conquistadores del Nuevo Mundo, la sabana de Bogotá era una especie de laguna, de humedal inmenso con una hermosa vegetación y especies de fauna.

La tierra era poco sólida, entre barriales se adelantaban los bosques nativos y la mirada no terminaba sino en la lejanía. Como ahora en algunas ocasiones se alcanzan a divisar los nevados del Ruíz, el Santa Isabel y el Tolima. En ese tiempo la vista era permanente.

Una especie de plaga fue transformando en bareque, luego cemento, el agua y el verde. Los canales  se volvieron caños y aparecieron caminos o senderos grises. Esos ductos de agua que bajaban de los cerros que eran pasos de agua  limpia, se convirtieron en senderos de agua sucia y maloliente.

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Bogotá cuenta hoy con 200 cuerpos de agua; entre quebradas, ríos y canales; que hacen parte del sistema de drenaje pluvial (de lluvias) de Bogotá. Estos senderos se ubican en cinco de las 5 localidades y hacen parte de zonas de reserva. Ellas son Usaquén, Chapinero, Santa Fe, San Cristóbal y Usme. Allí nacen la mayoría de los ríos y quebradas de la ciudad. Es un sistema hídrico que hace parte de la conexión que está entre el mayor páramo productor de agua en el mundo (Chingaza) y el páramo más extenso  en el Sumapaz. 

El Sistema de drenaje pluvial de la ciudad está formado por las subcuencas de los ríos Salitre o Juan Amarillo, Fucha y Tunjuelo, además de los sistemas Torca – Guaymaral, Conejera, Jaboque y Tintal. Estos hacen parte de la cuenca media del río Bogotá, que desembocan en el río del mismo nombre.  

Con una mente cerrada, desde hace años los habitantes de la sabana han utilizado estos cuerpos de agua como alcantarillas. Sólo hasta ahora comienza a tenerse a tener conciencia de la importancia de mantener estos espacios limpios. Desde allí se le irriga el agua al río Bogotá, que sirve para cultivar diferentes tipos de hortalizas en malas condiciones y permitir que se generen enfermedades en los habitantes aledaños, especialmente en los niños.

Ahora se está publicitando en la televisión que el agua del río Bogotá se limpiará totalmente, con el sistema canoas, lo que permitirá  convertir en habitable buena parte sur occidente de la sabana y depositar aguas limpias hacia el río Magdalena.

La buena noticia implica que la mentalidad de los bogotanos cambie. Será una oportunidad de que la ciudad crezca, de que sus habitantes miren hacia el río, de que como en ciudades como Washington, Londres, Praga, Buenos Aires o Paris, el río sea el alma de la ciudad el centro de su vitalidad.

Hay que soñar en grande. Y así tenemos que hacerlo en Bogotá. El terreno sobre el que se construyó la ciudad es gredoso. Somos una especie de isla hecha sobre una laguna, pero el reto es lograr un equilibrio para que sobre esta tierra se elabore una urbe que permita convivir el cemento con el verde y con el agua. Lo humano con la naturaleza.    

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