Opinión

Fuad Chacón

Abogado de día y escritor cuando mi jefe no me ve. Columnas que se escriben por inercia gracias a un país cuya realidad parece ficción.

Recuerdos orgánicos

Nada generaba más respeto en mí que los fieros gallos que traían de los pueblos cercanos para venderlos de cuando en vez

Nunca me gustó ir a la plaza de mercado. La de Bucaramanga es un terreno de múltiple destinación, incluyendo pista de vuelo de cometas en agosto, ubicado junto a la pronunciada curva de una pendiente por la cual los camiones surcan como cohetes entrando a la atmósfera. Cada sábado por la tarde teníamos el mismo debate con mi mamá sobre la practicidad de ir al supermercado en su lugar, y aunque se esforzó en doblegar mi terquedad con su infatigable afecto, simplemente no logré entender lo fascinante de aquel lugar.

Recuerdo las carpas improvisadas con incandescentes bombillos flotantes y en cada una de ellas una matrona milenaria, siempre llamada “amiga” o “vecina”, ofreciendo jugosas delicias multicolor y de generosidad ilimitada, regalando muestras de su mercancía a los pasantes sin necesidad de pedirlas. Cinco minutos eran suficientes para comerse el arcoíris entero. Tras cerrar el negocio, con el estómago lleno y la billetera vacía, te llevabas su bendición sin costo adicional y veías cómo tu dinero se perdía para siempre tras la inexpugnable seguridad de su corpiño acorazado.

Pero nada generaba más respeto en mí que los fieros gallos que traían de los pueblos cercanos para venderlos de cuando en vez. Eran animales colosales, con su pecho robusto y sus garras afiladas, razones suficientes para que aun teniéndolos amarrados por el cuello con cabuya irrompible pudieran intimidarte con su mirada sin alma. Todo ello mientras la atronadora voz del vendedor de ajos se levantaba por sobre el ruido. “¡Los ajitos, los ajitos! ¿Bueno, van a comprar ajos o me voy?”. Era un anciano cuya piel había adquirido el mortecino color pálido de los ajos que por años colgó como un collar alrededor de su cuello, lo que le daba un aire a cazador de vampiros pensionado.

Ahora, más viejo y con una dieta a base de transgénicos, todo tiene sentido para mí. Solo me hizo falta morder una manzana cuyo sabor sintético no correspondía a la nostalgia que guardo de las manzanas o ver en los supermercados una sección de naranjas exactamente iguales, desde las pecas hasta las pepas como un copy paste biológico, para entender lo afortunado que fui cuando niño, aunque en su momento no supiera valorarlo.

Crecimos en un mundo real, donde las frutas no nacen en probetas sino que se caen de los árboles cuando están tan deliciosas que ni ellas pueden consigo mismas. Fuimos criados a fuerza de legumbres untadas de tierra de verdad y recogidas por campesinos de verdad. Un milagro tan cotidiano que se escapa a la compresión de los gringos, quienes ven en ello algo tan misterioso que decidieron encerrarlo en una categoría bautizada como “Orgánico” y cobrar el triple por él.

Y así, trastocando lo que para mí siempre fue innato por definición, convirtiendo los alimentos modificados en el referente de esta nueva normalidad, extraño a las matronas, los gallos y al viejo de los ajos. Tras ellos se ve ya demasiado lejos esa plaza de mercado a la que ahora sí quisiera ir.

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