Opinión

Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa "El café Picante" en Youtube.

Preocupa la paz

Preocupa la paz, sí, de dos maneras, en dos sentidos.

Una preocupación es la de aquellos que tozudamente aún le apuestan a la guerra y están esperando y medrando para ver cómo logran desbaratar el proceso de paz con las Farc que mal que bien avanza en medio de enormes retos y no menores dificultades.

Y preocupa la paz entre quienes apoyamos los procesos de pacificación y reconciliación nacional y vemos temerosos como el Gobierno parece tener el único interés de lograr la dejación de armas de la guerrilla, mientras por el camino va incumpliendo reiteradamente los cronogramas, los programas y sigue “faltoneando” a una guerrilla que de manera decidida y sin ambages le ha apostado a su concentración en las llamadas zonas veredales y espera, cumpliendo, que le cumplan.

Preocupa del lado de los guerreristas ver cómo basados en verdades a medias o mentiras adornadas por su manejo de la llamada postverdad, sigan socavando las bases aún frágiles del proceso, con planes de gobierno para reformar las decisiones tomadas y avaladas por medio país y el mundo entero; o bien con cargas de profundidad, anunciando desde ya que si el uribismo regresa al poder en 2018, el proceso de paz será desmontado, como lo afirma el senador José Obdulio Gaviria.

Reformar a fondo los logros de la paz con las Farc, como lo anuncia Uribe con su siempre amenazante “no se equivoquen”, equivale ni más ni menos a decir que él no ha variado su posición de oponerse entre otras muchas cosas a la justicia transicional, a la participación política de las Farc, que son la sustancia fundamental del caldo de la paz. De nuevo el ex presidente ha dejado clara su intención, con mentirillas como la de pretender continuar el proceso en caso de que alguno de sus títeres llegue a la Presidencia, pero a su manera, es decir, desconociendo todo lo firmado y pactado, que él no se ha movido ni un centímetro de sus posiciones, es decir, que quiere la desmovilización y el desarme y la cárcel para centenares de dirigentes de la guerrilla, lo cual es un imposible porque de eso se trata la paz, de que regresen a la vida política legal.

Tampoco Uribe ha desmentido a Obdulio en sus pretensiones de hacerse al poder para acabar hasta con el nido de la perra en materia de paz. De tal modo, que sumadas las dos declaraciones de esta semana, es evidente que la extrema derecha (como le es de su naturaleza) no se mueve, no evoluciona, y se mantiene con sus cimientos de sectarismo y no pocas veces fanatismo.

Claro, todo basado en el No en el plebiscito, desconociendo el proceso posterior que firmó y definió las instancias de la paz, teniendo en cuenta los argumentos de la extrema derecha, que en no poco cambiaron el primer acuerdo firmado en Cartagena. Mejor dicho “todo para mí”, así arrastre al país a una seguidilla de confrontaciones no desprovistas de mucha sangre.

Y como escenario de fondo una “cosita” de ninguna manera aislada de las pretensiones de copamiento pre electoral: la reconsolidación del paramilitarismo ante la salida de las Farc de sus zonas de influencia (como en el caso del Catatumbo donde además hay que revolverle el fortalecimiento del extraño neo EPL). Y en ese mismo escenario en un revoltijo y un marasmo de violencia, el accionar de estos grupos paramilitares matando de manera graneada pero permanente líderes sociales, gentes de izquierda o defensores de derechos humanos.

Se sabía que los actores de la violencia entrarían a las zonas, pero el Estado en medio de su mediocridad y de su forma de hacerse el pendejo, está dejando que se consoliden esos grupos aún más, arguyendo que se trata de fenómenos aislados, de episodios no generalizados y que las tropas han copado los territorios dejados por las Farc. Carreta… No quisiera uno decir complicidad…

Tiene uno que ser muy flojo o malintencionado al decir que todos esos muertos de los sectores populares son causados por hechos irrelevantes producto del contrabando o la minería ilegal. Se ve, es evidente, que hay un plan gatillo en las regiones para ir socavando las bases de lo que podría ser un movimiento alternativo en las regiones de las Farc.

Y la otra preocupación gira en torno al enorme riesgo en que ha puesto el acuerdo de paz, el propio Gobierno con su infinita mediocridad o consentido desprecio por la campamentación de las Farc en las veredas. El incumplimiento, las demoras, la indiferencia ante la llegada de miles de guerrilleros a esos campamentos a medio hacer o simplemente inexistentes o sin ninguna dotación y logística, hacen ver a todas luces que al Gobierno poco le importa el postconflicto o el postacuerdo.

Si esta mediocre actuación ha tenido lugar en cosas relativamente sencillas como lo de los campamentos, ¿qué se puede esperar en materias aún más definitivas para la paz como la restitución de tierras, las reformas en el agro en general, la participación política, la seguridad de los ex combatientes, su reintegro a los sistemas de protección social y demás?

Lo grave del asunto es que el Gobierno ya ha fallado y le ha fallado al país en las primeras de cambio del postacuerdo. Lo hecho, poco, está mal hecho. Y lo no hecho abunda. Es de tal tamaño el reto de la paz, que estos primeros inconvenientes anuncian duras jornadas de esta “paz barata” como la ha llamado Petro. Lindo ejemplo del Gobierno cuando se abren los diálogos en Quito con el Eln.

Mientras estas dos preocupaciones nos ocupan la mente, una tercera ligada a todo lo anterior, también ha aparecido: la precampaña electoral, señalada como regida por el tema de la corrupción, pero en realidad definitivamente atravesada por el  de la paz.

Robledo, Fajardo y Claudia López, ya no quieren hablar de paz. Robledo y Fajardo nunca lo hicieron. El relajo del santismo es infinito con una buena decena de precandidatos de sus “partidos” politiqueando en un mar de mermelada de ruibarbo. El propio De la Calle parece pegado al piso, mirando a ver qué pasa.

Por los lados de la izquierda no polar, en el Progresismo, Petro aún no sabe si podrá ser candidato, a pesar de que esté de primero en las encuestas, aunque no le suena apoyar la paz de Santos. Y en el conglomerado de fuerzas populares de una izquierda más radical, tampoco hay claridad entre Marcha Patriótica, Congreso de los Pueblos y demás.

En la almendra del régimen, Vargas Lleras sigue aprovechando todas las papayas de todos los colores. Y en la extrema derecha, Uribe chapotea en un lago sin tener un buen candidato (Odebrecht y demás) y Ordóñez pontifica por la guerra. Claro que Vargas Lleras en cualquier momento se alía con el Centro Democrático. Y si no, puede ocurrir que a la segunda vuelta lleguen dos candidatos belicistas de la derecha pura y dura.

No aparece por lo pronto, un candidato de esa llamada “transición” que haga del post conflicto un acierto y no la chambonada que estamos viendo. Aun así, esperamos que se consolide una candidatura verdaderamente por la paz de los fusiles y la paz social.

Mientras tanto las preocupaciones se pueden convertir en depresión o lo peor… en pánico.

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