Sergio Fajardo resulta un personaje amable. Tal vez como Piero. Con sus crespos, con su calmada forma de hablar. No canta, pero en su voz hay melodía, la melodía de la paz, de la concordia.

Sin embargo, eso mismo me genera una duda, una duda metódica, que se repite. Cómo querer ser el candidato que junta dos ideas tan diferentes: brindar armonía a nuestro país, eliminando los conflictos, pero al mismo tiempo enfrentar, de manera directa y contundente, la corrupción.

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Y ahí es donde Sergio Fajardo muestra esa incongruencia de su antecesor y émulo: Antanas Mockus. Ambos proponen la cordialidad y la paz, pero últimamente el profesor, exalcalde y exrector de la Universidad Nacional, llega hasta unos límites impensables como son la unión con las Farc.

Y no es que no sea válido que la antigua guerrilla participe en política, pero no se puede olvidar que fue un grupo de personas que secuestró y cometió delitos de lesa humanidad. Comportamientos que pueden catalogarse como actos de corrupción, criminales e imposibles de incorporarse al grupo político de Fajardo, así tras de esa intención esté la loable búsqueda de la paz.

Otra dificultad del profesor Fajardo es su metodología política, que se apoya en un marcador y un tablero, buscando ser lo más didáctico, pedagógico posible, frente a un auditorio, a una audiencia que todavía está acostumbrada al grito de balcón, a la lechona y a entender la política como una fiesta de gamonales, donde la política tiene más de carnaval que de ejercicio mental, que de propuestas e ideas, que de filosofía y ciencia social.

Por eso la competencia para este matemático y su variado combo de acompañantes, donde están los verdes anticorrupción mezclados con el antiguo líder del Polo Jorge Enrique Robledo, experto también en encontrar los entuertos de sus colegas, está cuesta arriba.

Como en las elecciones del 2010, cuando la ola verde de Mockus pareció aventajar al candidato Santos, ahora Fajardo, con una estrategia al parecer más elaborada, inspira y brinda optimismo a eso que William Ospina llamaría la franja amarilla. Un amplio grupo de colombianos que no se sienten, desde hace lustros ni parte de los rojos ni de los azules, integrantes de los partidos tradicionales.

Pero de extraña manera, el desgaste de las elecciones hace que la bandera vuelva a girar y quede de nuevo mirando hacia el mismo lugar: los herederos de los rojos y azules. Así ahora se llamen partido de la U, Cambio Radical, o extraños grupúsculos que arañan uno que otro escaño en el Congreso y apoyen por un pedazo de torta al candidato ganador.

Es una lástima que al poner pies y mente en tierra, al sumar números de votos, el resultado sea adverso a un candidato que busca promover la educación, la salud y las buenas costumbres de los colombianos. Sin embargo, como en toda competición, el juego no está ganado ni perdido hasta que éste termina.

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.