Opinión

Andrés Piñeros Latorre

Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con trayectoria en El Espectador, Radio Melodía, Colprensa, el diario La República y El Periódico de Bogotá.

Alejandro Ordoñez, ¿un candidato con sanción moral o legal vigente?

Su carrera política ha sido una mezcla entre manzanillismo y persecución política

La Procuraduría es el tercer cargo de la República. Dentro de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial, este ente controla a los dos primeros. Como una especie de “coco”, el Procurador se encarga de vigilar las acciones y conductas de los funcionarios públicos. Por su racero han pasado los alcaldes, tanto de pequeños municipios como de ciudades intermedias y aún los burgomaestres de la capital colombiana.

Por eso resulta extraño que Alejandro Ordoñez, ex procurador general de la Nación, pueda ungir de candidato o pre candidato presidencial, a pesar de haber sido destituido y que ese acto no haya sido declarado nulo.

Sin embargo, en nuestro país, un país de leyes, aunque al momento de su retiro, Ordoñez anunció que no iba a interponer recurso alguno, sí lo hizo, y aprovechando que la sanción no está ejecutoriada, la norma permite que nuestro flamante político de largos tirantes, colmillos prominentes y gran estatura, pueda recorrer el país promoviendo su candidatura presidencial.

Como defensor de los principios católicos y cristianos, cercano al expresidente Uribe, e increíblemente más a la derecha de quien por momentos parece su mentor, Ordoñez aprovecha su talante conservador y su origen santandereano para mostrarse como el candidato de mayor perfil tradicional y contrario a todo aquello que suene a pacto de paz o de la Habana.

Algunos lo relacionan como el Donald Trump colombiano. Su carrera política ha sido una mezcla entre manzanillismo y persecución política; el primero le permitió ser elegido como Procurador, al convencer a los congresistas de escogerlo, aún sin el aval del Presidente Juan Manuel Santos; mientras que desde su cargo se dedicó a perseguir a sus contradictores mostrándose como un adalid de la justicia.

A pesar de haber salido por la puerta de atrás del ministerio público; al día siguiente estaba acompañando al expresidente Uribe en ese exiguo triunfo del No en el plebiscito por la paz.

Hoy en día, oficialmente, no hace parte de ningún partido político, por lo que buscará su candidatura a partir del sistema de moda: la recolección de firmas.

Aunque considero que Alejandro Ordoñez es un personaje odioso, como decía mi abuela, un godo recalcitrante, que destila azul de metileno, de manera increíble y con más vigor que Uribe Vélez, él logra colocarse en el primer lugar en las posiciones más extremas: No al aborto, no a los matrimonios del mismo sexo, y, doblemente no a la adopción por parejas homosexuales; mientras se muestra totalmente a favor de las corridas de toros.

Él sigue siendo sin duda un símbolo de la derecha que buscó mantenerse el mayor tiempo posible en la procuraduría. Su salida la justificó como una de las condiciones de los acuerdos de la Habana. Esa situación de mártir y su aparente cercanía al Centro Democrático lo colocan como una figura presidenciable.

Aunque es claro que los escándalos lo persiguen. Así sea legalmente apto para lanzarse a la presidencia; en la opinión pública existe una duda, es el hecho de que el señor ex procurador, a pesar de las investigaciones que corren en su curso, pueda seguir andando por el país haciendo proselitismo político.

Como lo decía anteriormente, somos un país de leyes, y mientras no se demuestre su culpabilidad, Ordóñez seguirá siendo candidato y, por qué no, algo más. La molestia que genera en muchos de sus conciudadanos no necesariamente le limita en sus aspiraciones.

Existe, sin embargo, un tufillo de incapacidad. Su salida de la procuraduría por una determinación de su juez superior, el consejo de estado; así legalmente lo habilite, tiene un componente ético que pone en duda su nombramiento. Es contradictorio que el funcionario designado para vigilar y sancionar a los funcionarios públicos tenga en entredicho su nombramiento, y, especialmente, una reelección que resulta al menos espuria, es decir ilegítima.

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