Jerónimo García Riaño
Opinión de Jerónimo García Riaño

Armenia, Quindío (1978). Docente universitario y escritor. Algunos de sus cuentos han sido publicados en revistas literarias. Ganador del primer Concurso Nacional de Cuento Breve, Revista Avatares 2011, y finalista en los Premios Nacionales de Literatura, modalidad cuento, Universidad Central 2012.

Opción Colombia: Mi apuesta por la paz

Llegué a Opción Colombia por una decepción amorosa. Eso fue en agosto del 2001.

 
opción colombia
Opción Colombia

Recién pasada la Copa América en la que nuestra selección, la anfitriona, salió campeona. Recuerdo que estaba en la Universidad del Quindío esperando a Hugo Tovar, la persona con la que me encontraría para iniciar la que puedo llamar una de las etapas más especiales de mi vida. Allí, en una de las sillas de la cafetería de la universidad, empezó esta historia que ahora, bajo la frescura de estos vientos de cambio que se sienten después de la firma del acuerdo de paz, quiero contar.

Opción Colombia era una ONG llamada Corporación Opción Colombia que conocí cuando, por allá en 1997 -1998, me sentaba frente al televisor de mi casa todos los jueves en la noche a ver una serie llamada Tiempos Difíciles, que se basaba en las experiencias que vivían jóvenes universitarios pertenecientes a Opción (como la llamamos de cariño, y en aras de acortar el nombre, como es nuestra humana costumbre). Me dije que algún día haría parte de esa ONG. Y entonces aproveché el momento de los corazones rotos para eso.

Esta ONG tenía varias aristas de trabajo: los GOC, los Grupos Opción Colombia, que eran pequeñas organizaciones de estudiantes universitarios que hacían trabajo social y comunitario, entre otras actividades; y la Experiencia Semestral, que era la posibilidad de que los jóvenes de últimos semestres pudieran hacer sus prácticas profesionales en otras regiones del país, lejos de sus casas.

Para eso la Corporación Opción Colombia tenía convenios con entidades estatales y locales que facilitaban la ubicación de estudiantes en dichas zonas. Yo me postulé para ser uno de esos estudiantes, para eso hice un taller llamado Constructores de País, era un requisito para poder aspirar a una plaza de éstas. Y obtuve una con el programa Computadores Para Educar y me enviaron a un pueblo llamado Norosí, en el sur de Bolívar.

Me fui, según me dijeron en la capacitación que tuve, a un pueblo que había sido desplazado por los paramilitares en 1998, el mismo año en que yo veía Tiempos Difíciles por televisión. Y cuando supe ese detalle, mis 23 años de vida se llenaron de dicha, de una energía que solo en esos años se puede sentir, con un inmenso deseo de explorar aquello que era tan lejano para mí: la violencia en Colombia.

Y terminé en Norosí, un pueblo igual de grande al conjunto cerrado más pequeño de Bogotá. Tenía 500 habitantes que poco a poco, para el año que llegué, 2002, habían regresado al pueblo, de nuevo a rehacer sus vidas. Empecé a escuchar historias de su gente, de esa gente maravillosa que me recibió como un hijo que vuelve a casa, que me brindó la casa cural que no tenía cura para que yo viviera ahí.

Sus pobladores me contaron cómo los paramilitares los sacaron una noche a la cancha de fútbol y les dijeron que pusieran las manos en alto y delante de todos mataron a algunos de ellos que las autodefensas consideraron soplones. Y luego tuvieron que abandonar el pueblo, fueron desplazados por la violencia a los que después la ACNUR colaboró para que regresaran a sus tierras.

Y entonces, en esos siete meses que viví en ese pueblo, tuve algunas experiencias con los grupos armados, porque un día iban los paramilitares, y otro día iba la guerrilla, era un pueblo sin presencia de fuerza pública. Yo era enviado por un ONG a realizar un trabajo para el gobierno.

Eso era una gran dicotomía, pues fuera como fuera que me presentaran podría caer en manos de los dos bandos: Si era del gobierno, la guerrilla me miraría con malos ojos; si era de una ONG, los paramilitares no estarían contentos conmigo. Pero el pueblo, sabio como siempre, cuando le preguntaron por mí, por el forastero, sacó la excusa perfecta: es el nuevo profesor de sistemas que llegó a la escuela. Eso me evito muchos problemas.

Recuerdo una noche en la que un profesor, que ya murió por otras circunstancias ajenas a la violencia, llegó muy alterado a la casa donde estábamos cenando otros profesores de la escuela y yo, y dijo que esa noche llegaba la guerrilla con lista en mano a matar profesores soplones. En ese momento me preguntaba si a mí también me atacarían, yo, que no tenía velas en ese entierro.

Pero de todas maneras terminé, junto con el resto de los asustados, en la casa de un profesor que era cristiano, y él, con la fuerza de sus súplicas, le pedía a su dios que nos guardara del peligro que podía aparecer esa noche. Pero, luego de un largo rato, nada ocurrió, el único ruido que sentimos fue el de las gotas del vendaval que esa noche cayó, golpeando el suelo sin pavimentar del pueblo.

Y así, como esta historia, ocurrieron otras más o menos especiales. Y por todo eso que viví, y sobre todo por lo que vivió Norosí, que en ese entonces era un corregimiento y ahora es un municipio de Bolívar, es un buen homenaje este que se hace desde La Habana para que historias como éstas, por lo menos de manos de las FARC, no se vuelvan a repetir.

Luego de regresar de aquella experiencia, y de graduarme como ingeniero electrónico, decidí convertirme en tallerista de Opción Colombia en Armenia, y ahora era yo, junto con mis compañeras, Ángela María Mejía y Ángela Álvarez, quienes dábamos los talleres Constructores de País. Ese año, en el segundo semestre del 2002, tuvimos más o menos 11 estudiantes de últimos semestres deseosos de irse a vivir una nueva experiencia para sus vidas, lejos de casa y tal vez en zona de conflicto.

Entre esos estudiantes, estaba Jorge Mario, un muchacho de último semestre de ingeniería civil de la Universidad del Quindío, que fue enviado a La Hormiga, Putumayo, a trabajar en el área de planeación municipal de la alcaldía. Allí, un día cualquiera, llegó un paquete a la alcaldía que él junto con otros funcionarios, decidieron abrir para ver qué contenía, y terminó siendo una bomba puesta por la guerrilla de las FARC, que le quitó la vida a JM y a otros que estaban en la alcaldía en ese momento.

Jorge Mario fue el único caso de un estudiante muerto durante los más de 15 años que duró Opción Colombia. Fue una víctima ajena de las tantas que ha dejado este conflicto armado entre gobierno y FARC.

Hoy evoco a Jorge Mario, a su vida, a su deseo de construir país en otra región lejos de su casa en Calarcá, Quindío, a su intención de crear paz en una región que para ese entonces no conocía ese término. Hoy evoco a Norosí y la violencia que se llevó a varios de sus habitantes, que los movió de sus casas, dejándolo todo, inclusive su dignidad.

Y evoco a la Corporación Opción Colombia, porque desde 1991, el mismo año en que nació la Constitución, le apostó a la paz a través de formación en Derechos Humanos, Derecho Internacional Humanitario, en Cultura para la Paz y Resolución de Conflictos; le apostó a la paz a través de los jóvenes estudiantes que hacían trabajo social en sus ciudades, y que rendían cuentas en aquellos eventos inolvidables regionales y nacionales, que también era un punto de encuentro entre colegas que querían un país diferente, sin importar la ideología política o religiosa.

Opción Colombia fue una gran escuela para mí, y seguro para muchos de nosotros, lo que hacemos ahora con nuestras vidas profesionales, en gran parte se deriva de la experiencia que vivimos en aquella Opción.

Porque esa fue mi Opción, mi Opción para construir paz.

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