Opinión

Andrés Piñeros Latorre

Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con trayectoria en El Espectador, Radio Melodía, Colprensa, el diario La República y El Periódico de Bogotá.

Bogotá pierde el tiempo y el espacio

Ya casi nadie se acuerda del uso de esas torres de cemento, en las esquinas más características de la capital colombiana.

Cuando no existían los celulares, esas moles de concreto servían para indicar no solo la hora, sino para enviar mensajes y publicidad a los capitalinos.

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Ahora son una especie de adefesios, de elefantes blancos, sin ninguna estética. Son otros símbolos del abandono en el que está nuestra ciudad. La eliminación de estos monstruos debería hacer parte de esa meritoria campaña que adelanta Rodrigo Lozano, uno de los asesores de Peñalosa, quien se ha dedicado a limpiar postes y muros, a promover campañas para que la ciudad se vea más bonita.

El problema del tiempo ha significado siempre una duda para los habitantes de una ciudad que no permite que sus habitantes lleguen a tiempo. En Bogotá parece que no existiera la hora exacta. Más bien el reloj es una especie de enemigo. Los habitantes se dan el derecho de llegar tarde. Se permite, cómo en las notarías, llegar dentro de la hora siguiente.

Y las razones de los bogotanos para llegar tarde están ligadas a los interminables trancones, a los paros que bloquean el Transmilenio y a una especie de costumbre de nuestro carácter.

Andrés Piñeros

Sin embargo, esas torres que ensucian el paisaje, ya no tienen uso, se han convertido en lo que se conoce como contaminación visual; son detalles que hacen menos amable nuestro ambiente, que hacen más gris nuestro entorno; por lo que deberían ser eliminadas.

Además de estos elementos, existen las vallas publicitarias, que aunque están reglamentadas, no resultan del todo claro, donde y porque deben existir. Ahora, a un año de las elecciones, es probable que empiecen a pulular, sirviendo de publicidad a toda clase de políticos, más o menos conocidos.

Considero, por lo tanto, que estamos en el momento justo para limitar y organizar el uso de estos elementos publicitarios que, en plena era de la virtualidad, no se ven necesarios. Los celulares y todas sus aplicaciones; los mecanismos digitales, le restan importancia a este tipo de aditamentos que ensucian los cielos grises o a veces azules de la ciudad.

La campaña no es difícil. El uso democrático del espacio público, de un espacio que es de todos, que merece respeto; hace sentir que Bogotá debe estar libre de estas inmensas vallas, que permiten sentir la voz de los más ricos y poderosos.

Casi a todos se nos ha olvidado cuándo y para qué se colocaron esas moles; lo que no es que esos elementos ya dejaron de tener valor e importancia. Todo hace parte del mobiliario urbano, de elementos que no tienen claro su uso.

Así como algunos bolardos que “decoran” los andenes; estas inmensas “yes” deben ser retiradas para recobrar el tiempo y el espacio de nuestra ciudad.

Por una Bogotá limpia, por una ciudad mejor para todos, invito a que la autoridad competente se encargue de retirar estos monstruos y además limitar las vallas que inundan los cielos de nuestra ciudad.

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