Fuad Chacón
Opinión de Fuad Chacón

Abogado de día y escritor cuando mi jefe no me ve. Columnas que se escriben por inercia gracias a un país cuya realidad parece ficción. Las opiniones expresadas solo me vinculan a mí

Latinoamérica sin voz

Hace 30 años la literatura del continente encantó y revolucionó el mundo de las letras; hoy es olvidada e ignorada.

 
Mujer leyendo
Imagen ilustrativa / iStock

El misterio se ha resuelto. Bob Dylan ha sacado un par de minutos de su apretada agenda de rockstar para discar el indicativo escandinavo de la Academia Sueca y reportarse como el hijo que tiene 50 llamadas perdidas de la mamá.

Este es el desenlace de una lamentable decisión que desconcierta no tanto por los méritos del ganador, sino por los de aquellos que no lo ganaron. Tal vez la muerte sea el mejor reconocimiento para aquellos grandes escritores cuyas letras ya tienen su cupo en la eternidad, pero sus cuerpos no podrán resistir a la merecida unción de Estocolmo. Kundera (87), Roth (83), Kadare (80), Kon Un (83) y Adonis (86) muy seguramente morirán haciendo fila, como si de una EPS se tratara.

Pero alejados de esta decisión, hay un asunto que debería preocuparnos aún más y es que en todas las listas de las casas de apuestas en línea, algunas con más de 100 candidatos, solo había un latinoamericano. Se trata de César Aira, un ermitaño literato argentino de 67 velas que ha visto el renacimiento de su obra en años recientes.

Desconocido para nosotros por lo caprichosas de las librerías e importadores locales, sus libros han empezado a llegar al país por un influjo del futuro sobre lo que su nombre podrá significar en la literatura del continente durante los próximos 10 años.

Desde 2010 con el tardío galardón a Vargas Llosa, último sobreviviente del boom latinoamericano de los 60’s, atravesamos una sequía incierta de letras que se materializa en la ausencia de escritores de peso con proyección internacional.

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Colombia guardó por años la esperanza con Álvaro Mutis, pero el mundo empresarial le apagó la llama y finalmente embarcó con la parca para no volver. Ahora solo nos queda Laura Restrepo como ficha fuerte, pero con la intermitencia de sus publicaciones, y sin un golpe a la quijada de los críticos como lo fue “Delirio” en 2004, parece no tener muchas posibilidades.

Atrás viene una nueva camada de escritores colombianos, quienes forman parte de la generación que heredó el legado de Andrés Caicedo en su búsqueda infatigable de quitarle la venda al planeta y romper con el mito de que Colombia solo es mariposas amarillas, niñas que vuelan en sábanas y viejos con alas enormes.

Los próximos 20 años que tienen por delante serán definitivos para desenfundar lo mejor de su prosa y abrirse paso a codazos en el competitivo microcosmos de la novela mundial. Jorge Franco, Pablo Montoya, Juan Gabriel Vásquez, Evelio Rosero, salven ustedes la patria.

En 30 años Latinoamérica pasó de ser la Meca de una revolución literaria que puso de rodillas al mundo, perplejo por la calidad de los universos que se tejían aquí, a ser un continente ignorado, un pedazo de tierra sin voz que olvidó el milenario arte de mirar su cotidianidad para encontrar en ella la mística que el premio Nobel demanda.

Por ahora solo nos queda escuchar las canciones de Bob Dylan y esperar que el viento traiga consigo tiempos mejores.

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