Opinión

Andrés Piñeros Latorre

Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con trayectoria en El Espectador, Radio Melodía, Colprensa, el diario La República y El Periódico de Bogotá.

Cómo recuperar el juego limpio en el fútbol

Un estadio de fútbol es algo parecido a una iglesia. Es un espacio donde se reúnen unos hombres, entorno no de una cruz, sino a un balón.

El fervor de los seguidores de cada uno de los equipos es sublime. Este deporte, inventado por los ingleses, hace que las emociones lleguen hasta momentos sublimes. Con el agravante de que otro rasgo característico del ser humano aflore: la violencia.

Y así se puede llegar a morir por el color de la camiseta, o a herir al contrario, tan solo porque tenga una representación de un equipo contrario. Los llamados clásicos, que antes eran los partidos entre equipos de la misma plaza, han cambiado y ahora se dan entre los oncenos con más seguidores.

Millonarios, Santa Fe, Nacional, Medellín, Cali y América, en todas las posibles combinaciones, generan una especie de ritual. Y aunque se busca que las barras no se mezclen dentro del estadio, en las afueras y aún en los buses, donde se encuentren, existe el riesgo de enfrentamientos.

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La situación de las barras bravas ha llevado a que las autoridades impongan medidas extremas como que los partidos se tengan que jugar a puerta cerrada, sin presencia de público; o que se deba buscar otra ciudad, neutral, para llevar a cabo el evento.

Lo que se consideraba un espectáculo, se ha convertido en un problema de orden público. El caso más extremo es el de los partidos donde juega el América. El equipo que, posiblemente, sea el que mayor número de aficionados tenga en el país, más allá de Cali, su ciudad de origen.

América estuvo varios años en la B, reduciendo así los niveles de violencia en la liga A. Ahora, como una papa caliente, nadie sabe que hacer con el equipo de los “diablos rojos”. Por su misma gran hinchada, ni los alcaldes, ni las directivas del fútbol nacional, logran hallar una solución. Las ideas, algo escabrosas, han llegado hasta a poner a jugar a los equipos en estadios vacíos y aún a no transmitir por televisión los encuentros.

Como aquella historia del hombre que encontró a su mujer haciendo el amor en un sofá y decidió venderlo; los encargados del balompié colombiano piensan que cerrar los estadios, que quitarle al espectáculo uno de sus mayores encantos: las banderas, los gritos, el alegre colorido, los contrastes de las camisetas, puede ser la solución a las situaciones de violencia.

La solución a este dilema, podría estar más bien en un trabajo pedagógico, en enseñar el respeto por el otro, en hacer entender, desde niños, a los hinchas y futuros seguidores, que el fútbol es tan solo un juego, que la emoción, y aún la pasión por una camiseta, no puede ir más allá de una oportunidad para gozar, para compartir la belleza táctica y el esfuerzo de 22 jugadores.

Europa logró superar la crisis de los hooligans. Esas violentas expresiones alrededor del deporte han sido superadas. Contradictoriamente cuando nuestro país encuentra un camino hacia la paz, cuando los grupos guerrilleros inician procesos de paz, las hinchadas de los equipos colombianos se muestran inconscientemente violentos.

Sería triste y lamentable que se tuviera que acabar con la esencia del deporte, con el goce de esos modernos “coliseos romanos”. La paz también debe ingresar en esta actividad.

La violencia, que parece hacer parte de nuestro ADN, deberá cambiar. De alguna manera, con pedagogía, los jugadores de fútbol, las barras, los seguidores por radio y televisión, y aún los periodistas, entenderán que se trata de un deporte, de un juego, de un evento lúdico.

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