Opinión

Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa "El café Picante" en Youtube.

Indignados

Convivimos con la indignación y hay una doble moral en ello: odiamos, criticamos pero no hacemos nada.

Por estos días hago parte de una pieza de teatro “Indignados Social Club”, una sátira a ciertos prototipos de nuestra sociedad, de aquellos que el fallecido escritor Antonio Montaña hubiera incluido en su “Fauna Social Colombiana” entonces poblada de sapos, lagartos o perros.

En los tiempos que corren a esa fauna se han unido condiciones “humanas” mucho más generalizadas, contemporáneas pero también eternas, como los fanáticos, los mediocres, los arribistas, los autentico falsos y los indiferentes, de los cuales nos ocupamos en escena con mis amigos comediantes, desmenuzando estos personajes que de manera tan vasta ocupan todos los eslabones de nuestra sociedad.

Y en el marco de esta novedad sustancial en mi vida (sin dejar el periodismo encaramarme a los escenarios con no poca vergüenza y mucho miedo) me ha dado por reflexionar a mano alzada justamente sobre la indignación.

Si, Colombia en su generalidad es un país de indignados porque nada funciona, porque las cosas marchan mal o porque los prototipos negativos de la sociedad se imponen e imponen su manera a veces poco ética de asumir la vida colectiva. Y lo hacen desde las pequeñeces de la vida cotidiana hasta en los pomposos escenarios de todos los poderes.

Inclusive esos mismos prototipos ejercen el derecho a la indignación pues por ejemplo, un arribista puede serlo pero al mismo tiempo indignarse contra el fanatismo. Y el país de base se mantiene indignado o no pocas veces se ubica en la etapa superior de la indignación, es decir, el empute.

Realidades tan desbordantes o nauseabundas -como se quiera- como la corrupción y la violencia secular han puesto al país en un estado alterado permanente, en el cual afloran la ira, la insolidaridad, el pánico, la paranoia…

Condiciones cotidianas tan adversas como un sistema de salud inoperante o decididamente asumido como un negociazo, momentos tan desagradables como el pago de peajes por transitar en caminos vecinales, infiernos tan espeluznantes como el transporte urbano, condicionan al ciudadano a un permanente situación de desagrado, de rabia, de desolación en medio de la ira contenida.

Para no hablar del incumplimiento que quién sabe cuántos puntos del PIB cuesta anualmente…

El panorama de la indignación es amplio de manera individual y colectiva. Ahí está siempre en cada mente y cada corazón esa sensación de impotencia, de conciencia si, pero alterada como decía, que muchas veces conduce a la acción, pero generalmente acciones ineficaces y casi siempre también indignantes como la justicia por la propia mano o la respuesta individual violenta y desaforada.

Al margen de los movimientos de protesta popular organizados o espontáneos (cada vez la gente se vuelca más a la calle para reclamar cualquier derecho que le es pisoteado) esa especie de “conciencia de la indignación” se queda en nada, es decir en una sofocada ira interior que casi nunca toma el camino de la acción.

Las gentes se sienten indignadas por la corrupción, pero siguen haciendo parte del sistema de corruptos y corrompidos, la gente se marchita en interminables colas en hospitales, indignada, pero macilenta, aceptando su cruel destino.

Una esperaría que tal acumulado de indignaciones en el día a día y en las expectativas a mediano o largo plazo, condujera a la acción, que debería ser política y de masas. Pero la gente del común se queda en la introspección de la indignación y no actúa, o lo hace de manera ineficaz y alocada.

La indignación aislada y solitaria no sirve. El acto de conciencia de encontrar en la sociedad y aun en sí mismo los prototipos de la indignación, debe ser el detonante de los criterios de la acción.

Uno se pregunta ¿cómo conducir la indignación y convertirla en un acto creativo por ejemplo en lo político, cuando se avecina o ya arrancó una nueva campaña electoral? Y se ve que el panorama no es claro. La mayoría de partidos, arribistas y corruptos, la mayoría de “líderes” mediocres y hasta fanáticos, son la causa misma de nuestra indignación. Nos indigna la mermelada y el delito electoral, pero seguimos en las mismas. Y cada vez que surge eso que llaman un “outsider” más o menos honesto, entre la prensa y la costumbre se encargan de aplastarlo para volver a conducir todo de nuevo dentro de los cauces de la perratería moral, del negocio neoliberal de la política.

Indignados da hasta para un movimiento de la sociedad que se manifieste en lo político, que incida directamente en las elecciones, en el poder. Pero toca pasar de la inercia de saber a la acción de saber y actuar.

Las características sico sociales que nos indignan se han convertido no pocas veces en identidades nacionales y hasta en profesiones La práctica recurrente y cotidiana de ser un profesional de uno o varios tipos de perversiones sociales, termina profesionalizando al sujeto… Y en el fondo de todo esto está el poder, como vehículo del dolo, ese que nos produce indignación.

Indignados, sí. Pero de todos modos, convivimos con la indignación y hay una doble moral en ello: odiamos, criticamos pero no hacemos nada. Hasta nos reímos de nuestra propia indignación y ahí para todo. Indignarse en un rasgo de dignidad, y la dignidad no puede disolverse en el conformismo.

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