Opinión

Fuad Chacón

Abogado de día y escritor cuando mi jefe no me ve. Columnas que se escriben por inercia gracias a un país cuya realidad parece ficción.

Inciertos caminos

De la tragedia en San Gil hay que buscar responsables en los talleres de revisión tecnomecánica y en la corrupción.

La gris carroza fúnebre de pistones oxidados comenzó su lúgubre descenso por la respingada pendiente de la carrera novena, su conductor modulaba los frenos con precisión de relojero para no separarse demasiado de la caravana de lamentos y sollozos que acompañaban al impecable difunto de apretados zapatos nuevos que descansaba para siempre jamás en el improvisado lecho del asiento trasero.

Entonces un desgarrador rugido metálico se desprendió del eje del vehículo, como un afligido más que en procesión despide al que se fue, los pedales dejaron de responder y la gravedad puso al viejo al volante de un bólido marca ACME que a velocidad terminal se dirigía con rumbo de colisión hacia el parque de ceibas centenarias.

Solo las pedregosas escaleras de la catedral lograron desacelerar el vehículo en una lección de física exquisita que impidió el derrumbe de las imponentes puertas con incrustaciones de hierro tras las cuales los fieles rezaban cabizbajos en la misa de 3 de la tarde.

Esa tarde en San Gil nadie murió. Solo hubo un herido: el mismísimo muerto, al que la turbulencia de aquella mecánica caída libre le causó un chichón estratosférico en la frente que por ausencia del soplo vital nunca se puso morado. Un auténtico milagro de la Virgen del Carmen.

Esta es la historia que por años ha contado mi mamá en el comedor de la casa.

Un recuerdo imborrable de su tierna adolescencia cuando empezaba a trabajar en la dirección de tránsito del pueblo y recibió el curioso reporte del alférez de turno que atendió la emergencia ese día. Increíblemente, hoy, más de treinta años después, los frenos le siguen fallando, con macabra periodicidad, a los conductores en la Perla del Fonce, produciendo tragedias que nos enlutan semanas enteras como esta.

Pero esta no es solo la biografía de San Gil sino la de todo nuestro sistema de transporte. Quizás como las carreteras nunca fueron nuestro foco de atención por tener otras preocupaciones en la selva, jamás nos interesó regularlas.

No sabemos exactamente cuál eslabón de la cadena pudo haber evitado este fatal accidente con el que empezamos el año. Tal vez una obligación de cambio de flota para la jubilación de camiones destartalados, un agente de tránsito que no se dejara corromper por la seductora mirada de Jorge Isaacs, el desmantelamiento del mercado negro de autopartes robadas, una licencia de conducción por puntos y con sanciones de peso o la habilitación necesaria del Ministerio para operar talleres automotrices. Pero que todas juntas habrían ayudado, habrían ayudado.

Con las autopistas 4G cada vez más cerca de ser entregadas, este se nos presenta como un momento oportuno para reevaluar estructuralmente nuestra por momentos insuficiente regulación de transporte. Requerimos una mirada integral en todas las instancias, desde la formación rigurosa del conductor y la caza de escuelas de enseñanza de garaje, hasta la repartición de responsabilidades por lo catastrófico.

Así las carreteras de Colombia no serán más inciertos caminos para viajes sin retorno y la próxima curva no será la última.

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