Diego Pacheco
Opinión de Diego Pacheco

“Todo ha sido por azar, me convertí en profesor de español por azar, mientras pensaba en querer ser artista plástico. Mientras era profesor de español quería ser filósofo, sociólogo o lingüista. Después me di cuenta que quería escribir y no ser profesor de español. Cuando me convertí en Corrector de Estilo en una agencia de publicidad, me di cuenta que odiaba la publicidad.

Años más tarde me convertiría en Redactor Publicitario y me di cuenta nuevamente que quería escribir más. Mientras odiaba escribir con los formatos técnicos audiovisuales, me di cuenta que también podía ser guionista. Y aquí sigo escribiendo lo que más me gusta.
Historias crónicas son todo aquello que pasa a nuestro alrededor, pero en muchas ocasiones pasa desapercibido, pensando que lo evidente es lo más trascendental. “

Hocico y Combichrist en Bogotá

El significado real de volar entre mundos que arden

 
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Un futuro que parece acercarse pero nunca llega por completo. La sociedad postindustrial se materializa desde el holocausto de la modernidad, el fracaso de la tecnología como la base de un mundo perfecto, los resultados abominables de la guerra como pretexto de imposición de poder de un ser humano sobre otro.

Ciudades que son hervideros de operarios inertes que deambulan en rutinas cíclicas; el círculo vicioso de las máquinas vivientes que están destinadas a producir hasta que el cuerpo se desvanezca en un proceso de degradación provocado por el abuso autoinfligido en un ritual de sadomasoquismo casi inconsciente, en el cual nos inscribimos asumiendo que esta es la forma correcta de vivir.

Ahora me veo rodeado de cientos de cabecitas resignadas al suplicio diario en el que la tortura es el sofocamiento momentáneo, que se puede extender por horas en medio de los mediocres vagones de la muerte que transportan a los cuerpos de los trabajadores como ganado precario a sus destinos.

Destinos que en últimas ellos mismos escogieron, que la excusa fue la falta de oportunidades, el tener que conseguir unas miserables monedas para subsistir, porque el sistema nos lleva bombardeando, no solo durante la llegada de la caja estúpida, ni del radio objeto de la propaganda de Estado, sino varios siglos atrás, sin la misma tecnología, pero con intereses similares, los intereses de los hábiles dueños del poder, aquellos intereses particulares de lograr someter al débil, al sumiso, a aquel que prefiere el acomodamiento descerebrado facilista que sirve como sedante frente a una realidad que requiere algún tipo de esfuerzo para concretar una voluntad autónoma, en la que se le halle algún tipo de sentido a nuestra existencia, más que mantener en pie un cuerpo por medio de la inhalación y exhalación de oxígeno, con una que otra interrupción entre la expulsión de excrecencias y la satisfacción sexual embelesada por la reticencia a simplemente una cadena de reproducción animal.

Pero siempre hay rupturas del estado de tedio casi imperceptible de estas tareas repetitivas que nos absorben la energía como vampiros espirituales que no logramos divisar pero que se postran sobre nuestros hombros y succionan desde nuestra médula cualquier destello de vitalidad, criterio y todo aquello que alguna vez escuchamos como apología de la grandeza humana.

Se comienzan a escuchar notas desgarradoras y agresivas, mientras las cabecitas no saben cómo reaccionar frente a aquella alteración de la gris realidad. La aceptación social se yergue sobre nuestro ego y nos impide liberarnos, y así simplemente demostramos nuestra indignación o nuestra incomodidad frente a lo desconocido, ya podemos estar tranquilos, volvimos a adaptarnos al suplicio que nos da esa sensación de falsa tranquilidad.

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Solo uno de ellos se arriesga a tomar el viaje, y no es el viaje de las promociones de las aerolíneas, que nos tienen sometidos a aquel objeto de consumo que banalmente nos convierte en seres superiores por ir a gastar el fruto de nuestro sacrificio, el sacrificio del cordero de Dios, en aquellos días, o en el mejor de los casos meses, que acumulamos con total devoción, mientras cada día invocábamos una plegaria en nombre de nuestro Dios Trabajo, para finalmente llenar una crucecita más en esa planilla de destinos turísticos, que ni siquiera sabemos qué significan, pero hay una sensación extraña de exaltación de euforia y derramamiento de endorfinas, que nos dan la fuerza para seguir rompiéndonos el lomo, y así hasta que podamos decir en una reunión pública que hemos satisfecho el objetivo de la vida, hemos descubierto la gran incógnita del universo.

Pero bueno resulta que el viaje es algo que puede ir más allá de ese desplazamiento físico automático, resulta que las ondas sonoras vienen de México, hay algo en ellas que nos dan a entender que son de allá, ¿será el tono de la voz? ¿Será algo en el ritmo? ¿Esa forma de exteriorizar la oscuridad del ser humano y del mundo que creamos será que es la que nos transporta al cybertenochtitlan?

Además, el sonido simultáneamente nos está transportando hacia tierras germanas ¿Cómo es posible? Es ilógico, no puedo estar en México y Alemania al mismo tiempo, es un absurdo. Pero entonces nos cuestionamos frente a la idea estática que nos negamos a modificar de lo que es viajar. Aquellas nociones básicas se tornan difusas y aún estoy seguro que no vamos a admitir que viajar es otra cosa, esos billeticos no se perdieron, ni por el putas. El problema es que el cuerpo se desplaza, pero la mente no ha logrado avanzar hacia algún significado superior que nos haga desprender de tantos miedos que nos lleven a hablar del CONOCER, como una suerte de plenitud.

Así suena Hocico, un caso singular de viaje sonoro, en el que desde el D.F. se emiten texturas corrosivas que están más cerca de unos puntos específicos de Europa, a tal punto que, como unos conquistadores postindustriales espectrales, desde los años noventa estos murciélagos aztecas han sido reconocidos como los dioses, el Quetzalcoatl del Aggrotech, el Techno industrial, el Dark electro, o como sea que se llame a este engendro germinado en la meca del derramamiento de la sangre como el líquido amniótico de la Tierra.

Y cuando pensamos que la dimensión alada terrestre ha terminado ese curso endemoniado e insoportable en el que no podemos soportar que un lugar conviva contenido en otro, que se sale de nuestra percepción racional, tenemos que transportarnos a Noruega, donde la necesidad de encontrar un refugio donde la vida cobre un sentido mayor a aquel viaje patético de las vacaciones de 15 días somete a medio globo terráqueo, Andy Laplegua se radica en los Estados Unidos para dedicar su vida a la genialidad de ese híbrido cultural geomusical, transgresor y lleno de un poder nihilista llamado Combichrist. Esa visión desgarradora y desalentadora que plasman Erk y Racso desde esa desilusión por el horror provocado por la humanidad, se expresa con los otros dioses vikingoyankees en una muestra del poco interés y la autodestrucción como única salida de este destino macabro en el que seguimos hundidos.

Por fin aterrizamos en el presente, y en una tierra que se atraviesa como una interferencia bastarda ¿Colombia? ¿Por qué? ¿qué tiene que ver? El sinsentido realmente le otorga toda la explicación fantástica que esta historia se merezca, a pesar de que por ahora no va acabar, ya que el 14 de mayo en Ozzy Bar, arribarán estos ángeles malignos, en una noche de alabanza a la destrucción que como tal, les permitirá a unos pocos elegidos reconstruir el universo, solo por una noche, donde algunos cientos se confundirán en sus cenizas colectivas al final de la noche bajo el himno del “odio bajo el alma”.

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