Opinión

Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa "El café Picante" en Youtube.

Elogio de las alturas

La identidad de Bogotá proviene de su diversidad de la ausencia de homogeneidad.

¿Qué es lo que tiene Bogotá, que seduce? ¿Es acaso la irrepetible luz de sus amaneceres y atardeceres? ¿O el barullo sin fin de su centro transitado por multitudes coloridas? ¿Cuál es esa identidad de la ciudad que la hace original y auténtica?

Tal vez sea precisamente una paradoja lo que mejor podría responder a esa pregunta: la identidad de Bogotá proviene de su no identidad, de su diversidad.

La ausencia de homogeneidad se ha traducido en una permanente espontaneidad manifiesta desde lo arquitectónico y el diseño de los espacios públicos, hasta lo artístico y cultural.

Esa paleta de colores revueltos y en permanente movimiento que son sus calles, es única. Como es única Bogotá, una ciudad imposible, una metrópoli encaramada en las alturas de los Andes pero cuyo corazón habita en el trópico.

Tropicalidad que va del gris de sus días de lluvia cuando reinan los abrigos, los gorros, los guantes y las bufandas, y pasa por los momentos de primavera cuando no hay clima, cuando la temperatura no existe, para desembocar en temporadas de calor donde las camisetas, los yines descaderados y los pantalones cortos se apoderan de bulevares y avenidas en una exaltación cromática que suena como la música que permanentemente se escapa hacia las calles.

Esa constante rotación climática, donde en un solo día se transita por la primavera, el verano y el otoño, ha marcado la ciudad, sus desarrollos, su estética, su desorden funcional, el alma de las gentes.

Son precisamente sus habitantes la clave para entender por qué Bogotá no solo seduce en el silencio de su pasado y el alboroto de su contemporaneidad, sino en una cierta atemporalidad en evolución: destino y origen de una población que se sobrepone frente a las adversidades, que construye con humor, que se divierte viviendo en este lugar acariciado por la mano de la naturaleza.

Sí, ahí están los espacios públicos con plazas, plazoletas, calles y avenidas, la reestructuración del sistema de transporte público, los centros comerciales, su exquisita gastronomía, las diversas posibilidades de alojamiento, sus facilidades para realizar negocios, eventos y convenciones, la vida nocturna, la permanente programación cultural, educativa y lúdica construida.

Pero Bogotá es la gente que la habita: amable, festiva, culta, llena de humor y esencialmente divertida; población compuesta por bogotanos raizales y una inmigración que hace de la capital una sincrética mezcla de razas que ha producido un mestizaje cultural único y en permanente retroalimentación con las diversas regiones.

En Bogotá está toda Colombia y de ella va y viene todo un país que se reconoce en su capital.

Del centro a la periferia y de los suburbios a los barrios tradicionales, la Bogotá multiétnica se desplaza, goza, trabaja, gira en las espirales urbanas, se instala en los parques el fin de semana, transita todos los ritmos urbanos de la metrópoli, y sobre todo evoluciona, se transforma, se hace moderna día a día.

Toda ella, gente contemporánea, sustancialmente urbana pero de herencias campesinas, se adapta, regenera los modos de ser, investiga nuevas formas, nuevas estéticas.

Espontáneamente se mezcla, sobre todo se mezcla, en un incesante quebrar de fronteras de clase, de raza, de convicciones.

Por eso y por ser el embudo por donde se cuela el jugo humano de toda Colombia y donde se decantan las influencias del mundo entero, no solo es normal sino parte del rito de la ciudad encontrar en ella indígenas de todo el país, adustos paeces o sibundoyes ofreciendo religiosidades y magias de acá, arhuacos camino de las entidades del Estado para reclamar sus derechos, emberas pintarrajeados cocinando en los prados, ticunas o zenúes vendiendo artesanías.

Y en cualquier esquina de barrio o en los recovecos del centro histórico, también tienen espacio, los afroamericanos venidos de las costas, grandes hombres y mujeres del Pacífico, tritones de Buenaventura, magníficas chocoanas jacarandosas, o bien dicharacheros y danzantes negras y negros del Caribe que confirman que la capital también hace parte del trópico, llueva o haga sol.

En las últimas décadas el tradicional tono oscuro, el gris del vestir, le ha dado paso a un variopinto universo de colores. Aunque las ruanas y las gabardinas todavía andan maravillosamente por ahí, las gamas del rojo, el azul o el amarillo han invadido las calles.

La influencia del jipismo y de las culturas indígenas hizo que los jóvenes asumieran un modo de vestir “tradicional” pero “lanzado”, posmoderno, alternativo. Mochilas y gorros, bufandas serpentinas, mantas o bombachos se mezclan en una estética sustancialmente divertida, irreverente y a veces irónica o cínica.

Esta es una gran ciudad de jóvenes al tanto de todo lo nuevo en el vestir para torcerle un poco la “tendencia” con un toque naturalmente andino o tropical. Faldas ceñidas en las muchachas mezcladas con suéteres de lana virgen, pantalones hip hop en los muchachos con ponchos del sur, sudaderas neoyorquinas cruzadas por mochilas koguis…

Basta ir al centro de la ciudad y sentarse al lado de la estación de Transmilenio de Las Aguas, para apreciar esa mixtura delirante: jóvenes urbanos con tocados campesinos, jóvenes campesinos con los audífonos colgados de las orejas. Última moda espontánea hecha por cada uno y cada cual, para no parecerse pero para ser todos habitantes de Bogotá, lúdica y loca y hecha de masa joven, en formación, donde el aburrimiento hace rato que fue exilado.

No hay en la ciudad una especificidad zonal porque de norte a sur de la ciudad, salvo en el centro histórico aceptablemente conservado, se han mezclado caprichosamente todos los estilos arquitectónicos. Y mucho menos hay homogeneidad en su población, que de barrio a barrio va cambiando al vaivén de las clases sociales y de las expresiones culturales.

Igualmente, son muchas las zonas comerciales o industriales que salpican cada parte de la ciudad. No hay lugar de Bogotá que no cuente con sus propias fuentes de abastecimiento, almacenes, servicios, bancos.

Pero sí hay marcadas tendencias urbanas en lo vital y en lo arquitectónico, que le dan características precisas a distintas áreas, generalmente dependiendo de la época de construcción y desarrollo de cada área.

Bogotá no tiene una zona bancaria, ni una comercial, ni una industrial, ni una zona verde, ni una de esparcimiento, ni una de rumba. En todas partes todo se conjuga. Pero aun así hay sectores de sectores, con precisas formas de vida y de movimiento.

Bogotá encanta por la magia de sus noches. El frío de las altas horas contrasta con una ciudad llena de vida, alegre y bulliciosa o romántica y tranquila, dependiendo del lugar elegido. La oferta de restaurantes, bares, cafés, casinos y discotecas permite disfrutar de espléndidas noches en ambientes tranquilos o con mucha música y platos para todos los gustos y en todos los sectores de la ciudad.

La rumba bogotana es tan amplia como la quiera quien busca la diversión de la noche abierta y también prohibida, con todas las alegrías o las oscuridades de una gran ciudad donde se encuentra de todo y para todos los gustos.

Matices y más matices de esta juventud bogotana, raizal y mundana y que al mismo tiempo fue y ha sido capaz de ser contemporánea sin dejar de lado su ser andino; lo indios y negros y blancos que somos, lo latinos, lo europeos. Millones de jóvenes, gente bella, ultra mezclada, sensual y excitante juventud libre, urbanamente dispuesta para la nostalgia y para el porvenir.

Bogotá, ciudad construida sobre el musgo y bajo los borracheros, metrópoli tan poco pedante que es incapaz de asumir el sentido de su propia dimensión. Ciudad que tolera toda la picaresca urbana. Temerosa de sí misma, fortín de diletantes y enfermos de la erudición y la retórica. Ciudad que ama a los contestatarios del Parque Nacional que cruzan la doble puerta de oro. Baja de estatura y sensual, ciudad mujercita marginal. Tan llena de aguaceros y de amores que los líquidos no caben en su calles. Bogotá, viejo recurso de calles, plazas y suburbios.

Ciudad iconoclasta, ciudad mercado y cruce de caminos, burgo que no deja de mirar hacia la risa.

Todo lo negativo de la urbe, será tema de otras letras….

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