Andrés Piñeros Latorre
Opinión de Andrés Piñeros Latorre

“Soy periodista graduado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, he trabajado en diferentes medios de comunicación como El Espectador, radio Melodía, Colprensa, el diario La República y El Periódico de Bogotá.

He sido además colaborador de Soyperiodista.com donde escribí bajo el seudónimo de “Francisco Latorre” y de la revista LaTadeo. Tengo 46 años, he vivido toda la vida en la ciudad de Bogotá y conozco ciudades como Londres, París, Washington, Quito y Buenos Aires, por lo que considero que tengo las herramientas apropiadas para escribir interesantes artículos sobre la vida en las ciudades.

Recientemente he trabajado en el área inmobiliaria, por lo que considero que puedo combinar mi profesión con la experiencia en un tema de gran interés para sus lectores, como es el de la vivienda y la finca raíz.

A partir del intrincado mundo de la vivienda y las diferentes alternativas que se presentan en las metrópolis, estaría dispuesto a desarrollar interesantes textos con sentido social, crítica y porque no buen humor.

Los artículos serían de publicación quincenal y servirían para acercar a los lectores a las diferentes alternativas inmobiliarias de Bogotá y de otras capitales del mundo.

Vivir en una de estas urbes trae grandes ventajas como su gastronomía, sus museos y galerías de arte, sus parques y teatros. Sin embargo habitar en estos espacios implica también tener que sufrir con la movilidad, con los espacios cada vez más reducidos, los cada vez más altos precios por metro cuadrado y el ruido, entre otros.”

El puente quebrado y otros inmuebles abandonados

Bogotá es una ciudad sin memoria.

 
mikesbogotablog.blogspot.com/

Recuerdo el chiste del gringo que recorre la ciudad y al final cuando le preguntan cómo le pareció, él contesta: “pregúnteme cuando la terminen”.

Nuestra ciudad tiene pocos referentes que permitan recordar los espacios por donde crecimos. Los edificios van cediendo al paso del tiempo, las casas se erosionan y los pisos se multiplican. El patrimonio histórico no es importante. Ni las esculturas ni los inmuebles son prioridad de las autoridades distritales.

Así, las ruinas del puente de la carrera 3 con calle 20, que aparecieron hace un poco más de diez años; en lugar de ser recuperadas o al menos conservadas, han caído en el olvido y poco a poco vuelven a ser escondidas por la tierra y la maleza.

Paradójicamente el puente está a pocos metros de la Universidad de los Andes, precisamente cerca de una de las principales instituciones de educación superior del país, del Icfes y del Icetex pero, contrariamente al valor de la educación, que busca conservar el conocimiento; las obras que sirvieron de base a la ciudad, a la urbe, a la metrópoli, van desapareciendo bajo toneladas de ladrillo y cemento.

Tan solo el barrio de la Candelaria logra sobrevivir. La disputa de quienes quieren una ciudad extendida hacia los costados, norte y occidente (Peñalosa), frente a otros que quieren demoler los edificios de cinco pisos para duplicar o más las alturas (Petro) permiten que los primeros tengan una relación más cercana con conservar la memoria urbana de nuestra ciudad.

 

La arqueología no es solo de cuestión de San Agustín o Tierradentro, o de la Ciudad Perdida; Bogotá con cerca de quinientos años de construida, tiene también una memoria que se esconde bajo tierra, bajo rascacielos recientes, donde unas hermosas edificaciones que; contrarios a una especie de eutanasia, que mueren con dolor y sin que nadie se atreva a demolerlos para evitar el sufrimiento de sus estructuras y, más aún, a quienes tenemos los años suficientes para reconocer que aún mucho antes de nuestro nacimiento ya existían.

Recuerdo que hace unos años, Elvira Cuervo de Jaramillo publicó, si no me equivoco en el periódico El Tiempo, un artículo acompañado de buenas fotografías, acerca de las casas tradicionales que todavía sobrevivían en la carrera séptima. Como directora de la Sociedad de Mejoras y Ornato, luego directora del Museo Nacional y finalmente ministra de Cultura, ella tenía la voz más autorizada para destacar una serie de casas que por su belleza y tradición han sido íconos de nuestra ciudad.

Son esos inmuebles los que servirían para que el gringo dijera que esta ciudad sí está terminada, (aunque sea en parte), que aquí sí hay memoria. Villa Adelaida, en la séptima con setenta, es uno de esos casos.

Aprovechando la virtualidad, o el lenguaje digital, les propongo que destaquen edificios, casas o monumentos de Bogotá, que consideren deban cuidarse y rescatarse.

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