Opinión

Andrés Piñeros Latorre

El puente quebrado y otros inmuebles abandonados

Bogotá es una ciudad sin memoria.

Recuerdo el chiste del gringo que recorre la ciudad y al final cuando le preguntan cómo le pareció, él contesta: “pregúnteme cuando la terminen”.

Nuestra ciudad tiene pocos referentes que permitan recordar los espacios por donde crecimos. Los edificios van cediendo al paso del tiempo, las casas se erosionan y los pisos se multiplican. El patrimonio histórico no es importante. Ni las esculturas ni los inmuebles son prioridad de las autoridades distritales.

Así, las ruinas del puente de la carrera 3 con calle 20, que aparecieron hace un poco más de diez años; en lugar de ser recuperadas o al menos conservadas, han caído en el olvido y poco a poco vuelven a ser escondidas por la tierra y la maleza.

Paradójicamente el puente está a pocos metros de la Universidad de los Andes, precisamente cerca de una de las principales instituciones de educación superior del país, del Icfes y del Icetex pero, contrariamente al valor de la educación, que busca conservar el conocimiento; las obras que sirvieron de base a la ciudad, a la urbe, a la metrópoli, van desapareciendo bajo toneladas de ladrillo y cemento.

Tan solo el barrio de la Candelaria logra sobrevivir. La disputa de quienes quieren una ciudad extendida hacia los costados, norte y occidente (Peñalosa), frente a otros que quieren demoler los edificios de cinco pisos para duplicar o más las alturas (Petro) permiten que los primeros tengan una relación más cercana con conservar la memoria urbana de nuestra ciudad.

 

La arqueología no es solo de cuestión de San Agustín o Tierradentro, o de la Ciudad Perdida; Bogotá con cerca de quinientos años de construida, tiene también una memoria que se esconde bajo tierra, bajo rascacielos recientes, donde unas hermosas edificaciones que; contrarios a una especie de eutanasia, que mueren con dolor y sin que nadie se atreva a demolerlos para evitar el sufrimiento de sus estructuras y, más aún, a quienes tenemos los años suficientes para reconocer que aún mucho antes de nuestro nacimiento ya existían.

Recuerdo que hace unos años, Elvira Cuervo de Jaramillo publicó, si no me equivoco en el periódico El Tiempo, un artículo acompañado de buenas fotografías, acerca de las casas tradicionales que todavía sobrevivían en la carrera séptima. Como directora de la Sociedad de Mejoras y Ornato, luego directora del Museo Nacional y finalmente ministra de Cultura, ella tenía la voz más autorizada para destacar una serie de casas que por su belleza y tradición han sido íconos de nuestra ciudad.

Son esos inmuebles los que servirían para que el gringo dijera que esta ciudad sí está terminada, (aunque sea en parte), que aquí sí hay memoria. Villa Adelaida, en la séptima con setenta, es uno de esos casos.

Aprovechando la virtualidad, o el lenguaje digital, les propongo que destaquen edificios, casas o monumentos de Bogotá, que consideren deban cuidarse y rescatarse.

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