Carlos Piñeros
Opinión de Carlos Piñeros

Periodista

El porqué de la pregunta que entraña el plebiscito

La paz, como la seguridad, no es más policía ni más ejército ni más cárceles; es estudio y empleo para la mayoría de la población.

 
Marcha por la paz
EFE

No se trata de burlar la orden de la Corte Constitucional sobre la claridad de la pregunta que debe formularse para que el pueblo vote en plebiscito el acuerdo gobierno-Farc de La Habana, como engañosamente lo afirman los amantes de la paz impuesta a plomo, bajo el falso supuesto de que esta paz quemante significa un sosiego constante y garantizado.

Muchos extranjeros se sorprenden con razón frente a la pregunta de Perogrullo sobre si la tribu colombiana quiere la paz o no la quiere. Sobra la pregunta, dicen, porque la paz es la base natural de la convivencia humana, de su desarrollo y progreso.

Atenúa sus dudas la explicación histórica del nacimiento del último conflicto hace más de medio siglo en la injusta distribución de tierras y el asalto a la propiedad campesina, y se colman de comprensión al ver la raíz ancestral de este comportamiento en la apropiación de los territorios americanos por el atropello español hace cinco siglos, adicionado con la corrida frecuente de la cerca para nutrir una ambición insaciable, a costa del sacrificio inmisericorde de los nativos. Conducta que, penosa y lamentablemente, envenena también nuestros días, a plomo, usurpación y desplazamiento.

De ahí que el plebiscito a la vista no es una consulta cualquiera. Sobraría hacerla –podríamos añadir a la sorpresa foránea–, cuando ya la Constitución establece en su artículo 22 que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, pero tenemos la certeza de que debemos hacerla, porque ese precepto no ha pasado de ser letra tan muerta como los millones de compatriotas caídos bajo el imperio de la violencia política y criminal a lo largo de nuestra incivilizada historia.

Intentamos pasar por fin de la muerte a la vida, de ingresar a la civilización del respeto efectivo a la vida, de que el contrato social (las leyes de beneficio general) se honre; de independizarnos, en últimas y por fin cabalmente, del atraso y su herencia ominosa.

Analicemos la cuestión y veamos sus alcances: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz duradera y estable?”.

El texto responde positivamente a quienes critican al presidente Santos por consultar algo que no requiere de consulta, porque, afirman, el gobierno tiene atribuciones suficientes para suscribir acuerdos como el de La Habana, sin plebiscito. Les responde positivamente la pregunta porque no se trata de que el pueblo lo apruebe, sino de que lo apoye. Es darle mayor legitimidad con la soberanía primigenia. Afirmar una política de Estado e insuflarle democracia, como bien lo aprendió Santos durante su extenso paso por Inglaterra.

Otros críticos ven falta de claridad en la pregunta al no referirse al acuerdo gobierno-Farc, porque su ceguera fanática no les permite observar que no existe hoy acuerdo alguno distinto del mencionado.

Por si faltare, el texto de la cuestión lleva implícito el título del acuerdo, de nada diferente. E implica también el alcance del arreglo: no se trata exclusivamente de finiquitar el conflicto armado, sino de construir lo que ese conflicto también ha obstruido: una paz estable y duradera.

El proceso comienza por ampliar la democracia: darle participación a la soberanía del pueblo para que diga (en plebiscito) qué línea traza para su inmediato futuro. La paz, como la seguridad, no es más policía ni más ejército ni más cárceles; es estudio y empleo para la mayoría de la población; producción e ingreso; en suma, bienestar general. Quien desaproveche entonces las oportunidades que le dé “su patria” para formarse y progresar, y opte por el delito, tendrá así merecida su pena.

Ello explica por qué hay que construir la paz. Una obra nacional que  toma decenios para realizarla, a partir de un plan global de desarrollo a largo plazo. No odio ni engaño ni corrupción; sí, amor de patria: compromiso y labor para salir del atraso. Es pasar el puente del odio al respeto, y de la improvisación corrupta a la planeación racional.

La paz de los sepulcros (muerte a plomo) es un engaño, porque con ella no se erradican las razones objetivas que generan el conflicto. Si hoy matan a los reclamantes, mañana aparecerán otros reclamantes. Eslabones de este tipo, comenzando por el atropello español, encadenan toda nuestra historia. Desde 1597, cuando los ibéricos y sus descendientes criollos no quisieron devolver las tierras de Las Encomiendas ni regresar sus cercas a los linderos iniciales, apropiadas en exceso por abuso, como lo ordenaba la Corona española.

La oposición confunde al botar fuego de escándalo con cada palabra que dispara sobre el costo del acuerdo con las Farc. El precio no pasará del uno por ciento de la pérdida que ha representado la guerra para el país. Y será menor si, como debemos hacerlo, desde ya arrancamos la lucha contra la corrupción, que por lo bajo suele apropiarse de cuatro puntos del producto nacional cada año.

Este renovado reto exige respetar la independencia real de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, extendida al control estatal disciplinario y fiscal, castigar rigurosamente la coptación entre ellos, imponer la devolución al erario de los recursos sonsacados en los peculados, adicionados por lo menos con la tasa bancaria comercial como resarcimiento, y privar la libertad en intramuro público a sus responsables, sin excepción alguna de privilegio.

Son metas inalcanzables con la forma actual de hacer política en Colombia. La política moderna significa anticiparse a los problemas generales, darles solución, comenzando por satisfacer las necesidades básicas, y ser proactivos en la construcción de futuro, según las ventajas comparativas de cada pueblo, para colmar el deseo de progreso colectivo. Cada día se agigante el rechazo a la representación del pueblo abusada para enriquecer a sus personeros.

Ojalá no ahoguemos nuestro reclamo históricamente aplazado de superación en el vaso de la discusión semántica sobre si la pregunta del plebiscito está bien formulada, o mal hecha, y no perdamos el valor del momento histórico que nos exige examinar cuál es, y de qué tamaño, nuestro amor de patria, para hundir el pie en el acelerador del progreso por una democracia participativa.-

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