Antonio Morales Riveira
Opinión de Antonio Morales Riveira

Periodista, escritor. Director del programa “El café Picante” en Youtube.

El Derecho Mayor

En estos días cuando se firman los acuerdos de paz, bien vale la pena mirar hacia atrás, que es lo mismo que observar hacia adelante.

 
Indígenas colombianos
Indigenous groups in Colombia's Amazonas department are threatened by logging, illegal mining and lack of governance. / AFP PHOTO / LUIS ROBAYO / AFP

Y mirar hacia atrás es ir hacia las profundidades de la tierra, del conflicto, a sus orígenes. Sin tierra y territorio para los despojados, suele ser vacuo hablar de paz. Más al entender, que el hombre es tierra que anda. Un texto de ayer es una ilusión de hoy…

En cinco siglos de luchas de los indígenas del Cauca, hay tres palabras que recogen toda su historia, la de antes y la de siempre: El Derecho Mayor.

Antes de la llegada del invasor todo lo que cabía en sus ojos y en su imaginación era propio. Con la llegada del blanco se perdió ese derecho que no es otra cosa que la vida, la lengua, la tierra, el territorio y la cultura, todo lo que nos hace e hizo hombres de este continente.

El Derecho Mayor que, día a día, buscan los mizak, los nasas, los yanacona y demás grupos indígenas del Cauca, es su territorio, su libertad, su pan de todos los días: son también los caminos, las palabras abigarradas de su idioma articuladas en los despliegues de la lengua y de las montañas, es la papa mustia que se cocina en los fogones, el humo que invade con su azul el barro de las paredes de sus casas, el calor que se entorcha en el blanco impredecible de sus ojos, el verde que se asoma detrás de las ventanas, la transparencia del aire que rompe las mejillas y se dispara entre los maizales.

El Derecho Mayor son las tumbas donde habitan los antiguos, el cielo empotrado sobre el mundo, los aguaceros que se desguazan los domingos, el río que desciende limpio hasta encontrarse con occidente, es cada porción de la Tierra Sagrada, son también las lagunas donde Juan Tama y Quintín Lame vigilan el destino de sus pueblos, es la experiencia, cada bruma que empuja la sombra sobre ellos.

El Derecho Mayor no son los viejos hacendados caucanos ni los tiros, tampoco el Estado que espera ver correr su sangre para devolverles la tierra; no son los narcotraficantes, ni las gentes armadas, de uno y otro lado, que rondan sus parcelas.

El Derecho Mayor es la Gaitana, los épicos guerreros de antes, también la rabia o las laderas, la culpa y el asombro; es la estrategia, la recuperación, la autonomía, es la resistencia que han construido, el mero hecho de jugarse la vida. El Derecho Mayor es el país entero, el de ellos y también el de los blancos. No es Sebastián de Belalcázar, ni mucho menos que siga la Conquista. El Derecho Mayor también son los koguis, los muiscas, los arhuacos, los embera, el día de mercado en la plaza de Silvia, Cauca, el alboroto de los ojos y las mercaderías, la línea de sombra que cae sobre el rostro, el púrpura de sus vestidos, la pertenencia.

El Derecho mayor es Quintín Lame cuando habló así de sus tierras: «Debo hablar de los claustros donde me educó la naturaleza. El primer libro fue ver cruzar los cuatro vientos de la tierra; el segundo fue contemplar la mansión del cielo; el tercero ver nacer la estrella solar en el oriente y verla morir en el ocaso, y que así moría el hombre nacido de mujer; el cuarto fue contemplar la sonrisa de todos los jardines sembrados y cultivados por la señorita naturaleza que viste un traje azul y que se corona, ella misma, de flores en su tocador interminable; el quinto fue el coro de cantos; el sexto ese bello jardín de la zoología montés; el séptimo fue oír atentamente esa charla que forman los arroyos de agua en el bosque; el octavo fue el libro del idilio; el noveno fue el verdadero libro de los amores; el décimo fue el libro del reglamento armónico que tiene la naturaleza en el palacio de sus tres reinos; el undécimo fue el de la agricultura y de quienes son sueños de sementeras y labranzas; el duodécimo fue el libro de la ganadería montés».

El Derecho Mayor son las aguas de los páramos, las creencias, las heredades, la «pacha mama», madre tierra, la propiedad comunal inajenable, los acuerdos de paz, las alas de los pájaros, el ala del sombrero, el ruido y el silencio, las bestias, los árboles, el hombre, la boñiga, la borrachera de todos los martes, el guayabo del miércoles, los niños volviendo de la escuela.

El Derecho Mayor es la Minga, construir una casa entre todos, luchar, labrar la tierra del vecino porque sí, porque el alma colectiva del indígena no puede asimilar el individualismo. El Derecho Mayor es la transparencia de los gestos, la piel oscura, todo lo escondido, lo cifrado; es fray Bartolomé de las Casas. El Derecho Mayor no es un poema de Guillermo Valencia, es un verso de Gonzalo Arango: «Éramos reyes y nos volvieron esclavos, éramos los hijos del sol y nos consolaron con medallas de lata, éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras, éramos felices y nos civilizaron. ¿Quién refrescará la memoria de la tribu? ¿Quién revivirá nuestros dioses? ¡Que la salvaje esperanza siempre sea tuya, querida alma inamansable!».

La paz, en el mundo indígena y agrario, es el derecho mayor…

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