MH Escalante
Opinión de MH Escalante

De las favelas a las playas de Río de Janeiro

Río de Janeiro es una inmensa ciudad con componentes perfectamente antagónicos en un mismo espacio.

 
Río de Janeiro
MH Escalante

Al final, terminamos por salir indemnes del túnel que decidimos atravesar a pie a pesar de la sensación de inseguridad que nos transmitía el lugar.

A las seis de tarde eran apenas 300 metros los que había que recorrer desde una calle a la otra. Solo que había que hacerlo por las entrañas de los cerros que reciben tres de las más duras favelas de la zona sur de Río de Janeiro.

Las favelas están situadas muy cerca de las playas de Copacabana y de Ipanema, lo más selecto de la ciudad, como lo son las de Leblon y de la Barra de Tijuca. Las tres favelas se conocen con los nombres de los tres cerros que las reciben: Cantagalo, Pavão y Pavãozinho.

Seis kilómetros de playas apreciadas por los turistas se extienden así al amparo de tres favelas, por eso será que cuando se las divisa desde una calle la primera impresión que nos envían es que estamos en una ciudad de altos y de bajos: por un lado los famosos cerros de Pan de Azúcar y del Cristo Redentor, el Corcovado, por el otro las hileras de edificios a lo largo de las playas con sus favelas. Río es una ciudad de ricos, menos ricos y de muy pobres, lo cual nos lleva a experimentar sensaciones opuestas.

En Río se percibe seguridad, inseguridad, belleza, fealdad, organización urbana y desorden, selva y pavimento, mar y montañas, favelas y monumentos…

Río de Janeiro es una inmensa ciudad con componentes perfectamente antagónicos en un mismo espacio. Talvez porque no juega a demostrar que es una gran urbe desarrollada como sus homólogas europeas porque no lo es, aunque por momentos el delineado de su litoral y ciertos ambientes en barrios elegantes y tradicionales en el centro, nos recuerden ciudades como Buenos Aires, Lisboa, Nápoles o Palermo. Y a veces hasta la lejana ciudad de Estambul, con sus puentes sobre el Bósforo.

La otra noche, unos estruendos repetitivos que parecían venir de juegos pirotécnicos nos sacudieron en la habitación de nuestro hotel, erguido a pocas calles de las tres favelas, tan cercano de ellas como del mar que baña las playas de Copacabana.

Rio de Janeiro

Los estruendos se fueron convirtiendo en cañonazos. Era uno de esos tiroteos que se forman una noche cualquiera “en el otro costado de la zona asfaltada”, entre la policía militar de pacificación de favelas del Estado de Río de Janeiro y las bandas criminales que predominan en esos barrios de gran pobreza pero también de mucho dinero en circulación.

Río de Janeiro reúne esplendor y miseria en una sola entidad. ‘Papy’, un joven senegalés indocumentado que vende gafas en las playas de Copacabana como ‘Diego’, el exparamilitar colombiano que cruzamos un día y que vive aquí como asilado político, hablaba de Río de Janeiro como de una ciudad “de muchos tiros”.

Al observar a esos inmigrantes con el rostro cansado de transportar mercancía todos los días de semana bajo el sol canicular de Copacabana, se piensa en Río de Janeiro como en una ciudad de fealdad social y de mucha desigualdad económica pero también de gran belleza natural y arquitectónica. Sin olvidar a su gente habituada a vivir con los altos y los bajos de la ciudad.

La belleza de Río está en esas pintorescas favelas que brillan como pesebres cuando llega la noche, impregnando el paisaje de montañas frente al mar con ese aire bohemio que la caracteriza.

El paisaje en el fondo no es más que un juego de apariencias.

Ya que la ciudad no ha logrado extirpar esos focos de miseria llamados favelas, la alcaldía de Río en su afán de apaciguarlas y controlarlas intenta ahora sacarlas de su estado de invasiones para darles el estatuto de barrios dotándolas de servicios públicos y de identidad catastral.

Esto, para no repetir la experiencia que se tuvo con la favela que fue arrasada en los años sesenta en el terreno que ahora ocupa el “Parque da Catacumba” situado detrás de Copacabana. Los habitantes desplazados de ahí fueron a parar a la “Cidade de Deus” que se ve en la película del mismo nombre del realizador Paulo Lins, originario de Río de Janeiro.

La “Ciudad de Dios”, trazada en terreno plano en contraposición a las empinadas invasiones, es conocida hoy como una “refavela” porque la vida sería ahí mucho peor que en las veinte otras favelas que cuelgan de los cerros de la ciudad.

Río de Janeiro avanza como una enorme serpiente por un medio natural sin que sea posible establecer si es la ciudad la que avanza por una selva dominada por ella o si es ella la que vive dominada por la selva que la envuelve.

El tráfico automotor nos trae a la realidad del pavimento que tapizó para siempre el piso ancestral de la selva. Sin hacerla desaparecer por completo. La selva surge en la ciudad en cualquier espacio verde que le deje el hombre o que no haya podido invadir, como las paredes lisas y perpendiculares del Cerro de Pan de Azúcar o la vegetación empinada y espesa del Cerro del Corcovado, un paraíso terrenal a los pies de Jesús de Nazaret.

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El trafico automotor, los almacenes de ropa de pacotilla que pululan por todas partes, las habitaciones insalubres, los edificios ultramodernos, los barrios que nacen, los que caen en ruinas, nos recuerdan a las típicas ciudades del hemisferio sur.

Nos recuerdan en especial el empeño de éstas en seguir expandiéndose a través de espacios naturales, devorando todo cuanto encuentran a su paso: ríos, costas, montañas, selvas, llanuras, cerros, colinas, humedales, acabando con comunidades ancestrales, especies animales, vegetales y minerales…

Además de devorar, crean más miseria y contaminan. Las bolsas plásticas en Río de Janeiro por ejemplo, son una verdadera catástrofe. De los supermercados y de los hogares pasan directamente al mar…

Si ha de expandirse una ciudad mejor que lo haga con la infraestructura que necesita. En ese aspecto Río de Janeiro tiene mucho que enseñarle a Bogotá, la única capital en Suramérica que ni siquiera cuenta con un proyecto concreto para la construcción del metro.

Bogotá se preocupa en este momento en hacer que vuelvan las corridas de toros a la ciudad y no en darle un vuelco total y definitivo y sobre todo desde ya a su sistema de transporte urbano. Los días pasan y Bogotá se degrada y mientras tanto los poderes del país se complacen en las graderías de la feria. En eso se piensa en Río al observar su paisaje urbano: corrupción sí, pero resultados también.

La modernidad del urbanismo en Río de Janeiro se ve en amplias avenidas que atraviesan la ciudad entera. En sus dos aeropuertos. En túneles que facilitan el pasaje por la cadena de cerros. En puentes como el de 14,5 km de largo que va de una orilla a la otra sobre las aguas de la Bahía de Guanabara para unir a Río (6,3 millones de hab.) con la ciudad de Nitéroi (500 mil habitantes).

También se ve en el aprovechamiento económico, turístico y cultural de su litoral sobre el Atlántico (aunque ello explique también su alta polución) y en la valorización de su patrimonio histórico.

Pero sobre todo, en su eficaz y bien articulado sistema de transporte urbano. En Río se pueden efectuar largos trayectos en bus, cómodamente sentado, sin el problema de los sobrecupos. Esa es la prueba de un servicio de transporte urbano que funciona con eficacia.

Río de Janeiro cuenta con metro, tranvía, numerosas líneas de buses que cubren todos los sectores de la ciudad, trenes para barrios periféricos, autobuses fluviales, bicicletas en libre acceso, teleféricos y funiculares para el uso de turismo y de espacios habitacionales, en particular en algunas favelas. El precio promedio de un trayecto es de 3,80 reales brasileños.

Las dos líneas de metro cuentan con 32 estaciones y cubren 25,5 km de recorrido de norte a sur de la ciudad. Los Juegos Olímpicos de 2016 le permitieron abrir su primera línea de tranvía y modernizar sus líneas de buses con vehículos climatizados y equipados de monitores de televisión que transmiten informaciones útiles sobre la ciudad. Gran parte de ellos cuentan también con acceso Wi-Fi.

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De ahí que Río de Janeiro sea una ciudad agradable para visitar pese a sus núcleos de pobreza. Cuando se la descubre mejor saber que al lado del barrio elegante es seguro que se levanta una favela. Casi todos los barrios “buenos” tienen una favela. Hasta el Hotel Sheraton con sus cinco estrellas tiene la suya en las playas de Leblon.

Con sus favelas Río de Janeiro deja al descubierto la enorme dimensión de la desigualdad económica y social que existe en América Latina. Pero con su esplendor nos hace pensar también en que es un emblema de su belleza.

Río pertenece a un continente que progresa pero que sigue desangrándose como lo escribió Eduardo Galeano. A través de sus venas Río de Janeiro derrama sus riquezas hacia una ínfima parte de la población. Pero el mar de Copacabana no se sabe de ricos ni de pobres.

En el fondo, en Río de Janeiro las verdaderas hijas del mar son las favelas.

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