Guillermo Franco / El diablo es puerco
Opinión de Guillermo Franco / El diablo es puerco
Escribo sobre medios, especialmente.

Centro Nacional de Gomelos: cosas malas de niños bien

“¡Mándame unas foticos para emocionarme!”. El ‘niño’ consigue algo mejor: un video del desnudo de la niña.

 
Lolita
iStock

Luego, lo comparte con todos sus amigos: y ellos, con otros.

Cuando la situación se sale de control, el ‘niño’ la acusa a ella de haber sido quien divulgó el video masivamente. “Ni siquiera admitió que le cagó la vida a una niña de 15 años… cobarde… poco hombre”.

Aprovechándose de la ingenuidad y ofreciendo falsa solidaridad y amistad, otro ‘niño’ consigue más fotos explícitas.

De las fotos se pasa a los encuentros sexuales, supuestamente intrascendentes, porque no hubo penetración, con uno, con otros.

Por ser popular entre los niños, ella admite todo tipo de maltratos: “¿Me la chupas aquí?”. “Tienes que ver porno y aprender a dar una buena mamada”. “¡Te vas, te vas!”, le grita uno mientras la echa de la casa porque ella no se lo da. La cortesía y las técnicas de seducción de los niños se acaban: luego de un hola, se va de una a las solicitudes explícitas de “favores sexuales” en el colegio, en un exclusivo club. A las que ella insólitamente accede.

Luego vienen los actos que ya no son intrascendentes.

Como si la cadena de errores no fuera suficientemente larga, la niña publica en un blog en el que narra todo esto y mucho más, en sus últimos 6 meses de su vida, revelando abiertamente su identidad y, supuestamente, cuidando la de los ‘niños’.

A pesar de que elimina el blog, el texto ya es viral en redes sociales. Se devora al lector en largos minutos frente a la pequeña pantalla del celular.

Pulzo lo encuentra, confirma que el relato y la autora son reales. Hay dudas porque, a pesar de omisiones de tildes y otros errores menores, no parece escrito por una niña de 15 años. Tiene una estructura narrativa, una frescura, una simplicidad, que envidian escritores con más oficio, con más años. Lamentan que no haya querido publicar una segunda parte. Circula la versión de que el texto es tan elaborado porque su profesora de español la ayudó, y que por eso fue expulsada. No apareció como coautora. Solo es un rumor.

En el proceso de indagación se obtiene un video en el que la niña revela las identidades de los niños, en represalia porque estos propagaron la falsa versión de que ella padecía una enfermedad de transmisión sexual. Esa explicación para la publicación es también un rumor en WhatsApp.

En Pulzo se discute la conveniencia de la publicación del texto. El video, ni locos. Se llega a la conclusión de que hacerlo o no hacerlo da lo mismo. La gente no necesita de Pulzo para conocerlo. Se decide publicarlo dando algo de contexto y perspectiva, ubicando un poco a los lectores en lo que están a punto de leer o ya leyeron en otra parte.

Se les dice que ella es una víctima, a pesar de que no se ve como tal. Se distorsionan hechos para no dar pistas de su identidad.

Se les dice que ellos, los niños, están haciendo curso intensivo de machos cabrones (no cabríos). Que todos, niños y niñas, parecen niños abandonados… en la opulencia.

La niña identifica al colegio como Centro Nacional de Gomelos. Todos saben cuál es. El medio no lo critica, a pesar de que sabe que allí se forman muchos de los hijos de la élite de este país. A juzgar por lo que dice la niña, ese colegio no la protegió; de hecho, ella salió porque no soportó el matoneo, en especial, pero no solo, por sus recientes errores. ¿O puso el colegio el caso en conocimiento de las autoridades para que se reestablecieran los derechos de la menor? La ley dice que eso es lo que hay que hacer. Parece que la jurisdicción colombiana no llega a la altura de este cerro de Bogotá. ¿Intervino para apoyarla sicológicamente? ¿Sancionó a los menores? Ella salió del colegio porque no soportó el matoneo. Lo dice en su texto. La “trataban como una mierda”… por sus errores. Ha sido notable el silencio del colegio.

Este ya es un caso público y la respuesta debió o debería ser pública. Por lo menos, salir a desmentir: decir que era un gran texto, un gran escrito, pero de ficción. Pedir perdón público a los padres de la niña y ella misma por no haber actuado. Salir a defender los derechos de la mujer. Pedir perdón por no detectar nada. Era un secreto a gritos. No hay riesgo de que caigan en manos del Tribunal de Paz pactado en La Habana.

Tal vez pecó por omisión de denuncia. Al leer el relato, es obvio que muchas de las conductas de los niños también caían en el Código Penal, a pesar de que su procesamiento y sanciones eran diferentes, a la luz del Código de Infancia y Adolescencia.

Pulzo tampoco habló de la notoria ausencia de los padres, especialmente los de los niños. En este país, si un hombre “se come” muchas mujeres, es “un putas”. Si ella lo hace, es una puta. Tal vez los padres deben estar orgullosos de lo machos que les salieron sus niños. Tal vez los ven perfectos. Un milagro, de verdad, porque todos sospechan que lo más cercano a una figura paterna que tienen es un escolta, el mismo que contribuye a armar trancones de camionetas blindadas frente al colegio en la Circunvalar de Bogotá todas las mañanas y tardes. ¿Qué hicieron estos padres cuando se enteraron de la conducta de sus hijos? ¿Se sintieron orgullosos? ¿Solidarios con el dolor y el drama del padre y la madre de la niña? ¿Preocupados o tranquilos por los monstruos que están criando para el posconflicto?

Los padres de la niña vieron en Pulzo un chivo expiatorio, alguien visible para responsabilizar de la situación. En Pulzo todos entendieron su drama y reacción. Nadie los criticó. El medio, por solidaridad con ellos, no por presiones ni sugerencias bien intencionadas de terceros, despublica el texto de la niña. Se piensan cosas impensables: sugerirle a los padres que defiendan públicamente a su hija. Que busquen la verdad, la justicia, la reparación y, sobre todo, evitar la repetición… con otras niñas. Es un caso aleccionador. ¡Demasiada pedagogía del plebiscito!

No hay unanimidad entre los periodistas. Los que no están de acuerdo piensan que a pesar de que se cierran los ojos, los hechos existen allá afuera, en las redes sociales. El texto, maltratando a la autora de formas irrepetibles, existe en redes sociales. La absurda estrategia del avestruz en tiempos de Zuckerberg. El tapen, tapen, tapen… el sol con las manos. Muchos periodistas creen que publicar el relato los (nos) podría convertir en victimarios de la misma talla de los la niña.

Errores de una menor… errores de muchos menores. Errores de padres, errores de instituciones educativas… y tal vez errores de medios. Errores.

Solo algo decencia y esperanza en este caso. No, ¡mucha decencia, mucha esperanza, mucha solidaridad! La rectora del colegio que recibe a la menor decide acompañarla en el proceso de recuperación, y no sacarla, lo que muchos, entre ellos los padres, temían. ¡María, llena eres de gracia! Ella nos entiende.

  • Los entrecomillados fueron tomados del texto de la niña

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