Opinión

Andrés Piñeros Latorre

Café tras café, para reconocer a Bogotá

Hay planes sencillos que sin duda le dan gran valor a la vida.

Uno de ellos ocurrió luego de treinta años de habernos graduado del colegio, cuando pudimos reencontrarnos con viejos amigos.

La Candelaria, ese barrio tradicional que dio origen a la capital colombiana hace más de cuatrocientos años. Con esa mirada de turista, paso a paso, redescubrimos las calles llenas de color, los cafés, y aún los cambios de una zona de la capital que también se transforma a lo largo de los años.

La tarde, con esa lluvia pertinaz, no logró espantar a esos cachacos que, antes de iniciar el recorrido compañeros pareciera solo producir calles de asfalto y torres de cemento y ladrillo.

Aunque crecimos juntos, bajo las mismas condiciones, los intereses y gustos no son los mismos. Es así como, después de una gran rumba de celebración, encontramos que los gustos comunes se dieron días después, con el recorrido por uno de los lugares más característicos de Bogotá, habían saboreado un delicioso ajiaco.

Caminando por la Avenida Jiménez, donde en algún momento se buscó construir un emblemático espejo de agua, dentro de la concepción urbanística del arquitecto Rogelio Salmona;  ahora tan solo hay unas piletas vacías, de cemento y ladrillo. Llegamos al barrio de la Concordia, en el que se están construyendo unas vías de cemento adoquinado. Y enfrente aparecía un pequeño sendero peatonal que conduce al emblemático Chorro de Quevedo.

Comenzaban así los misterios de la Candelaria; al no aparecer por ninguna parte el famoso chorro. Sin embargo, sí existe una especial magia en ese lugar, que se ha convertido en un sitio de encuentro de turistas y estudiantes de las variadas universidades del sector. Allí se puede compartir un café, una chicha y observar cómo se distraen los estudiantes.

La mirada permite observar el contraste del bosque nativo y las verdes montañas; donde parece que nacieran las moles de ladrillo y cemento que hacen que la Universidad Externado de Colombia sea cada día la principal dueña del sector, donde la vista compite con el conocimiento.

Un par de cuadras más adelante surge una especie de pecera, por donde avanzan unas escaleras. Es la Universidad de la Salle que, con una original arquitectura, sirve para que muchos bogotanos inicien sus estudios universitarios. Y la lluvia pertinaz continúa cayendo. Pocas cuadras más adelante, una casa en una esquina nos invita a protegernos del clima. Un patio central, cubierto de una marquesina con unos muebles antiguos, hace parte del Café de Rosita, de ese local que hace años, cuando la Candelaria no era el polo turístico de hoy, cuando los inquilinatos eran el uso dado a esas casas de teja de barro y paredes de adobe.

Luego de unas tazas de café, salimos a continuar nuestro camino, mientras Jürgen y yo bajábamos por una calle empinada, mi amigo Franz se quedaba unos metros rezagado. Unas palabras con otro acento, y esa especie de coquetería, que a pesar de vivir por muchos años en Alemania no ha perdido, le permitió entablar una charla con dos mujeres, una argentina y la otra precisamente alemana. Y como si tuvieran una varita mágica, las dos jóvenes abrieron la puerta de lo que parecía un patio de una vivienda, pero era realmente una huerta casera. Hierbas aromáticas, pepinos para relleno, verduras de tierra fría, ocupan la tierra en medio de una ciudad que no deja de sorprendernos.

Y mientras salíamos maravillados de aquel lugar, nos invitaron a una nueva experiencia cafetera. Una casa con altillo, de una joven argentina que mezcla el café con su “gota de leche”, una taza de leche al que se le mezcla café negro; mientras por otro lado ofrece mate, la bebida tradicional de su país con esos dulces llamados alfajores. Así la magia de la Candelaria sigue ofreciéndonos mundos y universos maravillosos.

La tarde iba cayendo, y todavía había más por reconocer. El edificio del Fondo de Cultura Económica, bautizado como Gabriel García Márquez, y con la particular arquitectura de Rogelio Salmona, permite dar otra mirada a la Candelaria. Una obra extraña que profana el diseño clásico de un espacio, que siglos atrás dio comienzo a nuestra ciudad, anuncia la ampliación del  edificio del Teatro Colón. Una caja de vidrio que probablemente emula al Louvre de Paris.

En este viaje al centro de Bogotá, la Plaza de Bolívar no podía faltar, tampoco la antigua casa de la sede del Jockey Club. Una edificación que por años sirvió para la recepción de los más encopetados “cachacos”. Y de nuevo las sorpresas siguen apareciendo. Unas carpas para venta de libros y artesanías, el Museo del Oro y un último café, en ese zaguán donde brillan las esmeraldas verdes y los objetos que dan identidad al país de la bandera tricolor, tres cordilleras y dos océanos.

Las sombras de cerros imponentes, de Monserrate y Guadalupe, del vecino Choachí, de unos novedosos edificios que buscan convertir al centro de la ciudad en viviendas estudiantiles. Toda una especie de revolución urbanística, donde universidades como los Andes, la Tadeo, la Central, la Incca, el Rosario, la Distrital, la Gran Colombia y aún la Piloto y la Javeriana, han convertido a Bogotá en una ciudad universitaria. Modernos edificios y todo un desarrollo van transformando ese centro ampliado en una “urbe intelectual”.

Y al final de esta experiencia, de reconocer y reencontrar un espacio de magia y múltiples contraste, aparece uno de los sitios de rumba más característicos del centro: el Goce Pagano. En una antigua casona colonial, retumba la salsa, esa música caribeña que embruja a los estudiantes del país.

El día termina. Bogotá muestra unas de sus caras más desconocidas. Otro día volveremos a gozarnos esta ciudad…

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