¿Por qué dicen que Trump es el primer presidente latinoamericano?

La respuesta es simple, ha importado de esta parte del mundo un estilo que creíamos exclusivo: el nacionalismo demagógico.

 
General Augusto Pinochet, dictador chileno
General Augusto Pinochet, dictador chileno / AFP

Así lo asegura un análisis de Ishaan Tharoor en The Washington Post, citando otros analistas latinoamericanos que dicen que es útil mirar al presidente de Estados Unidos a través de los lentes del ‘caudillo’ u hombre fuerte.

Lo compara no solo con el encumbrado Simón Bolívar, sino con Nicolás Maduro en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, o Juan Domingo Perón en Argentina. Tharoor cita al ensayista mexicano Enrique Krauze, que lo comparó con los populistas latinoamericanos:

“En su extrema autoinflación, su llamado a la aceptación irreflexiva del supuesto poder de su personalidad; la capacidad de mantener a América a salvo de los peligros del terrorismo, de los mexicanos, de los chinos, de cualquiera que pueda utilizar para generar odio y apoyo a propuestas económicas irreflexivas que en realidad sólo pueden beneficiar a los muy ricos”, dice Krauze.

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El ‘hombre olvidado’ de Trump, para describir a la clase trabajadora de Estados Unidos, equivale a ‘los descamisados’ de Perón en Argentina. Trump se ha alzado como defensor de las clases trabajadoras y contra las élites urbanas y la maquinaria política; esas características, así como el populismo, el autoritarismo, el profundo machismo y el racismo son característicos del caudillismo, dice Tharoor.

Pero el análisis recuerda que casi todos esos caudillos han traído problemas y disfuncionalidad. Javier Corrales, profesor de Ciencia política en el Amherst College, considera que Latinoamérica tiene una historia “desafortunada” con los mencionados caudillos, y agrega que lo más común es que ellos acaben hiriendo la democracia o arruinando las capacidades del gobierno para actuar.

Finalmente, Krautze hace otra comparación de los líderes latinoamericanos con Trump: ellos (los caudillos) arengan a sus respectivos pueblos en contra de aquellos a quienes no considera como ‘su pueblo’. Ya en el poder, crean un patrón de mentiras sistemáticas y decretan que la verdad oficial es la única verdad, e inventan enemigos externos para culparlos de sus propias fallas.

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