El drama de una adulta mayor ‘pila’, pero sin hogar, en EE. UU.

CeliaSue Hetch es periodista, de 66 años, ha viajado por todo el mundo y no tiene vicios, pero desde hace años vive en su automóvil.

 
Dormir dentro del carro
La mujer vive con su perro entre un carro. / Getty

Dormir 6 horas sin interrupción es un lujo para esta mujer, quien siempre sufre el estrés de que la linterna de un policía le alumbre la cara en medio de la noche y le diga que es ilegal pasar la noche en un vehículo, narra un artículo publicado por Vox.

A medida que pasaron los años, sus familiares y amigos cercanos fueron muriendo y se fue quedando sola, las crisis financieras hicieron que perdiera su casa, la enfermedad y el envejecimiento le impidieron conseguir empleo, los trabajos como periodista ‘freelance’ se fueron haciendo más escasos y, finalmente, quedó reducida a vivir en su automóvil, un Subaru modelo 1996.

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Con una pensión de 600 dólares mensuales (1,8 millones de pesos) a esta periodista y escritora no le alcanza para pagar ni siquiera una carpa en un sitio de camping, que le cuesta 1.000 dólares mensuales. A duras penas le da para comer, y eso que tiene que guardar cupones de descuento para la comida y recolectar las boletas de alimentación que le suministra el gobierno.

Dice la mujer que ella no es la única, y cita cifras que revelan que una tercera parte de la gente sin hogar en Estados Unidos tiene más de 50 años de edad. Ella nunca imaginó que sus años de madurez y jubilación los fuera a pasar sobreviviendo día tras día para mantenerse con vida. “Si no fuera por mi perra, me suicidaría, pero ella es la única razón de mi existir”, dice, compungida.

Hetch describe su día a día como un continuo supervivir, y narra que en algún momento alquiló un apartamento en compañía de un extraño, para que fueran por mitades en todos los gastos, pero su compañero resultó ser un alcohólico, abusador y acumulador compulsivo de basura.

Ya nadie le alquilaría un apartamento, pues no tiene referencias, ni gente conocida que le alquile uno, ni plata para pagarlo… ni ganas de volver a compartir. Por tal razón, le toca sacrificar su privacidad, su comodidad y su dignidad hasta para ir al baño.

“Anteriormente era una mujer de clase media, ahora soy una nueva pobre”, concluye.

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