Las dos familias principales de primates de Verona eran los ricos Capuleto y los Montesco. Entre esas dos familias existía una antigua discordia, que había crecido hasta tal punto -y tan mortal era la enemistad entre ellas-, que con el tiempo se extendió a los parientes más remotos, a los partidarios y los criados de los dos bandos.

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El mico más anciano, el señor Capuleto ofreció una gran cena, a la cual fueron invitadas muchas hermosas chimpancés y muchos nobles simios. Todas las bellezas más admiradas de Verona estaban presentes, y todos aquellos que llegaban eran bienvenidos, siempre y cuando no fuesen allegados a la casa de los Montesco.

En esta fiesta de Capuletos se encontraba también Rosalina, de quien se había enamorado Romeo, hijo del otro mico más anciano, el señor Montesco.

Aunque era muy peligroso para un Montesco ser visto en tal reunión, Benvolio, un simio amigo de Romeo, persuadió al joven primate de asistir a la fiesta disfrazado con una máscara. Romeo tenía poca fe en las palabras de Benvolio; no obstante, se dejó convencer por el amor de Rosalina.

Fue así como a esta fiesta de Capuletos acudió Romeo con una máscara, acompañado de Benvolio y de Mercucio, amigo de ambos. El viejo Capuleto les dio la bienvenida y les dijo que todas las damas que no tuviesen callos en los dedos de las patas saltarían con ellos.

Los monos comenzaron a bramar y, de repente, Romeo se sintió conmovido por la hermosura excepcional de una joven que allí bailaba, y cuya belleza relucía en la noche como una valiosa joya usada por un africano: una belleza excesiva para ser contemplada por ojos primates.

Mientras aullaba estos elogios, alcanzó a ser escuchado por Teobaldo, sobrino del anciano Capuleto, quien por la voz reconoció a Romeo. Y este Teobaldo, que era de temperamento feroz e impetuoso, no pudo soportar que un Montesco se hubiese colado encubierto por una máscara a hacer burla y desprecio (según dijo) de sus ocasiones solemnes.

Berreó y chilló y hubiera querido dar muerte en el acto al simio Romeo. Pero su tío, el anciano señor Capuleto, no estaba dispuesto a tolerar que se le causara daño alguno en aquel momento. Teobaldo, obligado a ser paciente contra su voluntad y su instinto, se contuvo, pero juró que en otra ocasión aquel ruin Montesco pagaría cara su intrusión.

Romeo observó el sitio donde se encontraba la chimpancé que cautivó su atención y, amparado por la máscara, que podría disculpar en parte su osadía, se atrevió de la manera más gentil a tomarla de la mano; llamó a aquella hermosa mano peluda una capilla, y dijo que si al tocarla la profanaba, entonces sería un peregrino avergonzado, que la besaría en señal de expiación. “Buen primate”, le respondió la dama, “su devoción me parece respetuosa y cortés en demasía: los santos simios tienen manos que los primates pueden tocar, pero no besar”.

En tales alusiones y requiebros amorosos estaban enzarzados cuando la mica fue llamada por su madre.

Al preguntar Romeo quién era la madre, descubrió que la simia cuya belleza incomparable le había herido, era la joven Julieta, hija y heredera del señor Capuleto, el gran enemigo de los Montesco; y que así había entregado inadvertidamente su corazón a su enemiga.

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