Crónica de un espectador que salió ‘aburrido’ de Les Luthiers

Pero no por culpa de los artistas, sino por la incultura de algunos bogotanos durante el espectáculo; ‘spoileadores’ y ruido, los lunares.

 
Les Luthiers
Getty

Jaime Dueñas es columnista de la revista Enter, tiene su propio blog, Cotidianidades, y durante más de tres lustros trabajó en El Tiempo. Él hizo la siguiente reflexión que nos permitimos reproducir literalmente. Es sobre lo que nos hace falta para ser un pueblo culto y respetuoso con los demás.

“La del 27 de agosto del año 2016 quedará en mis registros como la noche en que asistí a la función de Les Luthiers más lamentable de las cuatro que he podido ver en persona.

No lo digo por lo que sucedió en el escenario, que cuando se trata del grupo argentino se da casi por descontado que será un éxito. Ni siquiera lo digo por la nunca suficientemente lamentada ausencia del irreemplazable Daniel Rabinovich, cuyas caracterizaciones principales realiza muy dignamente Martín O’Connor.

Lo digo por lo que sucedió a mi alrededor, que hizo muy difícil disfrutar un espectáculo esperado por mucho tiempo. Lo digo porque a pesar de haber sido escrito como un texto de humor, Actualidad Panamericana parece tener razón en eso de que “los colombianos carecen del gen que les permite pensar en los demás”; porque nos acostumbramos a exigir una tolerancia mal entendida, en lugar de demostrar respeto por nuestros semejantes.

Los que se las sabían todas

No era difícil suponer que una gran cantidad de asistentes conocía o incluso se sabía de memoria todas las piezas que forman parte de ¡Chist! –el nombre del espectáculo–; al tratarse de una antología, ninguna de ellas era nueva. Para no ir muy lejos, yo me las sabía al 99%. Pero quería oírselas –una vez más– a Les Luthiers.

Con lo que no contaba era con que los personajes sentados detrás de mí no tendrían reparo en anticipar en voz alta y reírse de cada uno de los apuntes cómicos, incluso antes de que salieran de la boca de los integrantes del grupo.

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No es gracioso pagar una boleta del precio que sea para que a uno le arruinen el espectáculo personajes que pretenden demostrar vaya-usted-a-saber-qué por el hecho de saberse los libretos de todos los números.

Luego de varias miradas incómodas mías y de mis vecinos de puesto, dichos personajes comenzaron a bajar la intensidad, pero media función se fue entre risas –de ellos– y lo que ya se volvió común llamar –incluso en español– con el vocablo inglés ‘spoilers’.

En circunstancias como esta, una amiga suele preguntarme “¿pero tú no les dijiste nada?”. No, no les dije nada, por varias razones.

Una, porque el humor de Les Luthiers tiene fama de ser un humor inteligente, de manera que pensé que alguien que va a su espectáculo debería tener inteligencia suficiente para darse cuenta de lo molesto que puede resultar oírlo tirarse cada comentario dos segundos antes; pero me equivoqué. Si alguien todavía lo duda, sí: yo también dudo de la inteligencia de esos ‘spoileadores’.

Dos, porque a los ojos de nuestro insolidario pueblo, el malo termina siendo uno por intolerante. Y tres –para no alargar mucho el cuento–, porque en nuestra sociedad la reacción ante un reclamo justo puede ser muy negativa y agresiva. Como la de la mujer que se convirtió en el segundo plato de la noche.

Una calma extremadamente tensa

Durante la función, dicha mujer se sintió mal y abandonó su puesto para sentarse en las escaleras de acceso al balcón central del Palacio de los Deportes, justo al lado de donde yo estaba sentado.

Personas de logística le ofrecieron llevarla a la enfermería y le insistieron varias veces que las acompañara, entre otras cosas porque no está permitido que en este tipo de espectáculos la gente se siente en las escaleras de acceso a la sala (según le explicaron en ese momento, lo cual no resulta descabellado a la luz de las normas de seguridad*).

Claro, supongo que comprar una boleta para ver a Les Luthiers y tener que pasar la función en una enfermería no debe ser agradable. Pero las opciones eran esa o regresar a su puesto. Ante la negativa de la susodicha para cualquiera de las alternativas, el personal de logística acudió a la Policía, que también hizo lo posible por persuadirla –de manera firme, pero decente– de levantarse de la escalera.

No sé si el video del desenlace de la situación ya está dando vueltas por Youtube. No puedo decir que la Policía haya abusado de la fuerza cuando no hubo más remedio que levantar a la señora contra su voluntad, cuando ya había empezado a levantar la voz de manera rebelde.

Entonces vinieron los reclamos, los gritos, las peticiones de las autoridades para que se calmara, y los manotazos y alaridos de respuesta –todo en el acceso a la sala–: “¡Yo estoy calmada!”. Pero yo nunca había oído a una persona calmada gritar de esa manera…

No sé en qué terminó el asunto –ya lejos de mi puesto, afortunadamente–, pero ahí se fueron otros dos números… y el espectáculo continuó gracias al personal del logística.

‘Logística ilogística’

Cuando hablo del espectáculo al final del párrafo anterior no me refiero al de Les Luthiers. Muy eficientes a la hora de acomodar a las personas –no puedo decir lo contrario–, miembros de logística decidieron armar su propio espectáculo y hacer corrillo en el acceso a la sala para contarse en voz alta lo que había ocurrido con la mujer del caso anterior.

Cuando Les Luthiers comenzaban a tocar, subían el volumen para oírse mejor entre ellos, y lo mantenían así incluso cuando cesaba la música.

Me pregunto, ¿tiene sentido tener que pedirles al menos tres veces a los miembros del equipo de logística de un espectáculo que se callen, porque no dejan oír a los artistas? En serio, ¿tiene sentido?

Ellos, que más bien tendrían que haberles pedido a los infames personajes sentados detrás de mí que se callaran porque estaban arruinando la función, se dedicaron a no dejar disfrutar los números restantes de ¡Chist!

Gracias, Les Luthiers

Los colombianos somos muy maleducados. Y me incluyo como colombiano, aunque yo guardo en los espectáculos la compostura que se espera que guarde una persona que respeta a los artistas que están en el escenario, y a las demás personas que comparten la sala en calidad de público.

Desde que compré las boletas quedé inconforme con la ubicación, porque quedar al lado de un acceso en el Palacio de los Deportes (a mi juicio, un escenario muy por debajo del nivel de un espectáculo como el de Les Luthiers) es quedar expuesto al ruido externo (no hay puertas que cerrar) y a la circulación de personas (que siguen entrando así la boleta diga que no se permite el ingreso a la sala una vez comenzada la función). Pero no había más puestos, porque al parecer todos los demás los vendieron el único día que no estuve pendiente del sitio en el que podía comprarlos por Internet.

Pero lo triste es que la exposición al ruido del exterior fue lo menos incómodo, frente al ruido del interior, al causado por la mala educación de algunas personas a mi alrededor; de las que tenía más cerca.

De las que convirtieron en lamentable un espectáculo que no veía hace 14 años. Y que tal vez vi por última vez, pues no hay certeza de que Les Luthiers vuelvan a Colombia. Si el ciclo volviera a ser tan extenso, en otros 14 años algunos de sus integrantes ya estarán por encima de los 85. Rabinovich se fue antes de cumplir los 72, y algunos de los que quedan ya se notan cansados para el trajín del espectáculo a 2.600 metros de altura.

Sin embargo, ¡gracias, Les Luthiers! Estoy tratando de manejar el sinsabor que me dejó la función del sábado pensando que no fueron otras personas las que me arruinaron su maravilloso espectáculo, sino que su maravilloso espectáculo salvó una noche que otras personas querían hacer lamentable. A los argentinos, tal como lo hace Manuel Darío en el primer número de ¡Chist!, quiero resumirles lo que siento en una palabra: ¡MIL GRACIAS!”.

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