Pero a esta hipótesis política, que rompe los modelos (¿miedos?) que se han construido hasta ahora en torno a la figura de Gustavo Petro se suma, por parte de Ocampo, la paradoja de que las orejas de lobo del modelo venezolano al que todos le temen no se asoman por el lado de la Colombia Humana, sino por entre los pliegues del mismísimo uribismo, antítesis del castro-chavismo.

Que Petro es el castro-chavista, el socialista, el depredador “que viene a comerse la economía y acabar con esto” son “cuentos chimbos para asustar a la gente y que se llene de físico terror por dentro. Horripilantes fábulas de la ultraderecha y del escuadrón antimamertos”, escribe Ochoa en su columna de El Tiempo.

“La ‘venezolanización’ de Colombia a manos de Petro es un cuento chimbo por múltiples razones, pero sobre todo porque un poder ejecutivo presidido por él estaría maniatado por un Congreso en el que tiene menos de un cuatro por ciento, y por un empresariado en el que no cuenta con un solo amigo”, agrega, por su parte, Ocampo en El Espectador.

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Ochoa recuerda que Petro carece de las fichas para hacer grandes reformas económicas o políticas: “Nadie hace una revolución con apenas cuatro senadores y dos representantes a cuestas. Es imposible cambiar el modelo económico del país con un Congreso tan ampliamente dominado por la derecha y la ultraderecha”.

Esas cuentas las completa Ocampo, que califica de “opción escalofriantemente real” el que Colombia se ‘venezolanice’ a manos de Iván Duque, porque contará con 19 senadores propios, más 15 conservadores, más un puñado de los 14 de la U (o todos), más otro puñado de los 16 de Cambio Radical (o todos). “Puede sumar hasta dos tercios del Congreso”, estima este columnista, y además pregunta: “¿Adivinen quién va a ser el presidente del poder legislativo en su primer periodo?”.

“Desde allí, entonces, un Uribe envenenado por ocho años de nostalgia de poder, por 17 de sus buenos muchachos presos por corruptos, por la convicción de que su pupilo Santos es peor que Judas, por la afrenta de su hermano encarcelado e investigado (aunque ya libre por vencimiento de términos), ese Uribe fiero, mesiánico y sin escrúpulos va a acercarnos al remedo de país que hoy es Venezuela”, prevé Ocampo.

Ochoa tampoco cree que Petro siquiera alcance a mover la idea de una Constituyente, porque destaca que para reformar la Constitución “se necesita una de tres cositas: o de la aprobación del Congreso, o del Consejo de Estado, o de la Corte Constitucional misma. Y ninguna de ellas le jalaría. No con seguridad a Petro y compañía”. En el caso de Petro, “eso de convocar asambleas constituyentes, no pasa de ser un sueño iluso y populista”, agrega Ocampo.

Para terminar su planteamiento, Ochoa recuerda que Petro no tiene ningún control ni ascendente sobre el Ejército colombiano, en contraste con lo que ocurrió con Chávez en Venezuela, “que venía de las entrañas” de esa fuerza. “A Petro lo detestan los militares colombianos desde sus épocas de guerrillero. Y lo detestarían mucho más si llega a salir como presidente electo”.

Aunque ni Ochoa ni Ocampo lo mencionan en sus columnas, para nadie es un secreto el fuerte ascendente que tiene Uribe entre los miembros de las Fuerzas Armadas colombianas. Y se destaca la figura del expresidente porque, según Ocampo, es “hoy candidato presidencial por interpuesta persona [Duque]”.

Desde la perspectiva de que Uribe es el verdadero candidato (y no Duque), Ocampo aclara que la ‘venezolanización’ de Colombia se dará “pero por derecha” y no se manifestaría solo con la falta de pollo en los supermercados o de medicamentos en las farmacias; o cortes de luz, o filas interminables y algo de expropiaciones a los ricos.

Para él, es más grave la idea de Uribe de que si su grupo llega al poder, va a haber varias licencias de televisión que se van a cancelar, entre ellas, la de Noticias Uno, o la idea de revocar las cortes para dejar una sola supercorte.

Eso lo contrasta Ocampo con lo que ha ocurrido en Venezuela, en donde el chavismo “acomodó a su antojo todas las ramas del poder; puso magistrados de papel en las altas cortes, en el poder electoral, en los órganos de control; fustigó a la prensa de modo individual y colectivo, canceló licencias, estranguló periódicos. Persiguió a los opositores, los encarceló y en los últimos años comenzó a ejecutarlos sin proceso ni juicio”.