“Tienen pecueca en el alma quienes insultan a Robben” y le reclaman la 10 de James

Así los califica Juan Esteban Constaín, en El Tiempo, y a esa reprobación se suma Gerardo Quintero, de El País, de Cali.

Arjen Robben
Arjen Robben | AFP

Constaín y Quintero dedican sus columnas a la andanada de ultrajes y burlas que en redes sociales han caído sobre el excelente jugador (y mejor persona) holandés por llevar el número que, según creen los que lo atacan, le corresponde al jugador colombiano.

La horda de insultantes ni siquiera considera lo que Rodríguez dijo en su presentación, sin importarle el dorsal: “El 10 ya tiene dueño. Yo respeto mucho eso. [Robben] Es una persona que está hace mucho tiempo aquí y hay que respetarlo. Con el número que sea voy a intentar hacer cosas buenas como lo he hecho en los últimos años”.

Constaín cuenta en su columna de El Tiempo, escrita desde Alemania, que al lado de la información de la transferencia de James también es noticia el hecho de que “el pobre Arjen Robben, quien lleva el número 10 en el Bayern, se despertó […] con sus redes sociales inundadas de mensajes colombianos que le exigen, como solo acá sabemos hacerlo, respeto y humillación”.

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“Le exigen que le dé la 10 a James, mejor dicho. ‘Calvo hijueputa’, le escriben, le gritan, como si él fuera Zidane. ‘Cabeza de rodilla, dale la 10 a James, hp’, se lee en uno de los miles de comentarios patrios a la única foto que el crack tiene en internet. Gente con pecueca en el alma, como decía Rafael Chaparro. La dicha de odiar, la banalidad y el ocio del mal. Eso también”, escribe Constaín.

Y contrasta este turbión de insultos con otras dimensiones de la condición humana, la generosidad y el raciocinio. La primera representada en su escrito por la nobleza de Alexis Viera, el ‘Pulpo’, exarquero uruguayo del América de Cali, que fue a la cárcel a visitar y a perdonar a uno de sus atacantes.

La segunda, por Oliver Fritsch, que escribió en el sitio web del semanario Die Zeit “un excelente artículo sobre James, lleno de elogios pero también con una duda al final: ¿Comprando jugadores así va a ser mejor el Bayern que el Madrid? ¿Es bueno traer a quien estaba en la banca? Fritsch se lo pregunta muy tranquilo, sin dogmatismo, sin herir a nadie, sin pontificar; y la mayoría de quienes comentan su texto en el foro virtual no están de acuerdo con él”.

Quintero, en su columna de El País, califica los insultos contra Robben como “la capacidad innata que tienen tantos colombianos de convertir alegrías en agresiones. […] En vez de celebrar el arribo del futbolista al segundo mejor equipo del mundo, lo que hicieron algunos fue llenar de insultos la cuenta de Twitter de su nuevo compañero Argen Robben porque el holandés porta la número 10 del equipo bávaro”.

“Qué gusto innato por la camorra, la pelea, el insulto”, agrega Quintero. “Todos nos sentimos orgullosos de James, pero apenas juega un partido regular los comentarios es que se le subieron los humos, ya no entrena, no tiene hambre de triunfo, es amigo de la noche, está saliendo con amiguitas. Redes sociales, medios de comunicación, todos somos culpables de esa manía tan colombiana de destruir y nunca construir”.

Lo que pasa en las redes fue diagnosticado magistralmente por Umberto Eco antes de morir. El semiólogo dijo al respecto en La Stampa: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Sobre ese tema también se refirió recientemente el rector Universidad Autónoma del Caribe, Ramsés Vargas Lamadrid, que, en una columna publicada en Semana, asegura que en la red “existe el infierno, esa especie de laguna Estigia, el quinto círculo descrito por Dante en la Divina Comedia, llena de rabiosos, ofuscados y resentidos”.

“Las redes sociales, en su exceso de democracia, han reemplazado los baños públicos que se usaban antes para escribir groserías de los demás, por una cloaca donde se ataca de manera cobarde al que piensa diferente, se acaba con la honra de la gente, se usa como garrote político, se burla de quien se equivoca, y desde donde se amedranta y pierde fuerza el argumento para el diálogo civilizado”, agrega el docente.

Y cita al periodista Jon Lee Anderson, que calificaba a las redes como “un gran basurero”, porque allí “se incita al odio y la violencia desde la trinchera del anonimato de manera impune sin que haya mucho qué hacer diferente a cerrar la cuenta o bloquear al agresor”.

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